31 de julio de 2017

La corteza prefrontal

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La corteza prefrontal o córtex prefrontal es la parte anterior de los lóbulos frontales del cerebro, y se ubica frente a las áreas motora y premotora. Esta región cerebral está involucrada en la planificación de comportamientos cognitivamente complejos, en la expresión de la personalidad, en los procesos de toma de decisiones y en la adecuación del comportamiento social adecuado en cada momento. Se considera que la actividad fundamental de esta región cerebral es la coordinación de pensamientos y acciones de acuerdo con metas internas. El término médico más utilizado para referirse a las funciones desempeñadas por la corteza prefrontal es «función ejecutiva». Este término hace referencia a la capacidad para establecer distinciones entre pensamientos conflictivos, realizar juicios acerca del bien y del mal, predecir las consecuencias futuras de actividades actuales, trabajar conforme a metas determinadas de antemano, realizar predicciones de resultados, creación de expectativas, y control social (la capacidad para inhibir comportamientos impulsivos que, de no ser suprimidos, podrían desembocar en resultados socialmente inaceptables).Muchos autores han señalado la existencia de una relación entre la corteza prefrontal y las características de la personalidad de un individuo.


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Definición
Existen tres formas posibles de definir la corteza prefrontal:Como la corteza frontal granular.Como la zona de proyección del núcleo mediodorsal del tálamo.Como la parte de la corteza frontal cuya estimulación eléctrica no provoca movimientos.Partes de la corteza prefrontalLa corteza prefrontal ha sido definida con base en la citoarquitectura cerebral por la presencia de una capa granular (la capa cortical IV). No está completamente claro quién fue el primero en utilizar este criterio. Muchos de los investigadores pioneros en citoarquitectura cerebral restringieron el término «prefrontal» a una región mucho más pequeña de la corteza que incluía la circunvolución recta y la circunvolución rostral (Alfred Walter Campbell, 1905; Grafton Elliot Smith, 1907; Korbinian Brodmann, 1909; Constantin von Economo y Georg N. Koskinas, 1925). No obstante, en 1935, Carlyle F. Jacobsen utilizó el término «prefrontal» para diferenciar las áreas prefrontales granulares de las áreas no granulares motora y premotora. En la terminología de áreas de Brodmann, la corteza prefrontal incluye tradicionalmente las áreas 8, 9, 10, 11, 44, 45, 46, y 47 (no obstante, no todas estas áreas son estrictamente granulares, como las áreas 44, 11 y 47). El principal problema que afecta a esta definición es que sólo es válida en primates, ya que los no primates no disponen de una capa IV granular.[3]La definición de la corteza prefrontal como la zona de proyección de los núcleos mediodorsales del tálamo se basa en el trabajo de Rose y Woolsey, que demostraron que estos núcleos se proyectan hacia las zonas anterior y ventral del cerebro en animales no primates. No obstante, Rose y Woolsey denominaron a esta zona de proyección como zona orbitofrontal. Parece que fue Akert quien, en 1964, sugirió por primera vez explícitamente que este criterio podría ser utilizado para definir las zonas homólogas a la corteza prefrontal en primates y no primates. Esto permite el establecimiento de homologías, a pesar de la carencia de la capa granular en los animales no primates. Esta definición de corteza prefrontal como zona de proyección sigue estando ampliamente aceptada en la actualidad, aunque su utilidad ha sido puesta en tela de juicio. Existen estudios actuales que han mostrado que las proyecciones del núcleo mediodorsal del tálamo no están restringidas a la corteza frontal granular en los primates. Por ello, se ha propuesto una definición de la corteza prefrontal como la región de la corteza cerebral que mantiene unas conexiones recíprocas con los núcleos mediodorsales más fuertes que con cualquier otro núcleo talámico. No obstante, Uylings et al. reconocen que incluso con la aplicación de este criterio, resulta difícil definir inequívocamente la corteza prefrontal.Una tercera definición de la corteza prefrontal es como aquella área de la corteza frontal cuya estimulación eléctrica no provoca movimientos observables. Por ejemplo, en el año 1890, David Ferrier utilizó el término en este sentido. Un problema con esta definición es que existen zonas cuya estimulación no produce movimientos tanto en las áreas granulares como en las no granulares de la corteza frontal.

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Origen del término
El término prefrontal como una descripción de una parte del cerebro parece haber sido introducido por Richard Owen en 1868. Para este autor, el área prefrontal estaba limitada a la parte más anterior del lóbulo frontal (aproximadamente, el área correspondiente al polo frontal). Se ha hipotetizado que la elección de este término se basó en el hueso prefrontal presente en la mayor parte de los anfibios y reptiles.



Interconexiones
La corteza prefrontal está fuertemente interconectada con gran parte del cerebro. Se encuentran abundantes conexiones con otras regiones corticales y subcorticales. La corteza prefrontal dorsal está especialmente interconectada con regiones cerebrales implicadas en procesos como la atención, la cognición y la acción,mientras que la corteza prefrontal ventral se interconecta con regiones implicadas en la emoción. La corteza prefrontal también recibe información de los sistemas de arousal del tronco del encéfalo, y su función es particularmente dependiente de su ambiente neuroquímico. Así, existe una coordinación entre el grado de arousal o activación general, y el estado mental.



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Evolución
Investigadores de la Universidad de Missouri, estudiaron el motivo del aumento desmesurado de la corteza prefrontal, en comparación con el de otras especies, y sugieren que existe un factor clave para que esto se haya producido: un proceso de presión demográfica . Los investigadores afirman que, a medida que aumentaba el número de personas en la sociedad y sus interacciones, mayor era el tamaño del cerebro. Otros investigadores postulan que el desarrollo de la capacidad de manipular a los demás (o el engaño táctico) fue importante para la evolución del cerebro.



Estudios

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Posiblemente, el primer caso documentado sobre la función de la corteza prefrontal es el de Phineas Gage, cuyo lóbulo frontal fue destrozado cuando accidentalmente su cabeza fue atravesada por una barra de hierro en el año 1848. A pesar de que Gage conservó sus capacidades memorísticas, el habla y las habilidades motoras, su personalidad cambió radicalmente: se convirtió en una persona irritable, de fuerte temperamento e impaciente -características que no había manifestado antes de su accidente-, de forma que sus amigos manifestaron que no parecía tratarse de la misma persona. A pesar de que siempre había sido considerado como un trabajador eficiente y competente, nunca más fue capaz de completar adecuadamente sus tareas laborales. No obstante, un análisis cuidadoso de las pruebas muestran que las descripciones de los cambios en la personalidad de Gage descritos por amigos y familiares son exagerados en comparación con las descripciones realizadas por el médico de Gage. Así, se observa que los cambios descritos años después de su muerte son mucho más acentuados que los que se habían descrito mientras Gage aún vivía.Otros estudios posteriores realizados con pacientes afectados de daños prefrontales han mostrado que los pacientes verbalizan correctamente cuáles serían las respuestas sociales más apropiadas bajo determinadas circunstancias. No obstante, durante su vida cotidiana, prefieren ejecutar conductas que conlleven una gratificación inmediata a pesar de saber que las consecuencias a largo plazo serán negativas.La interpretación de estos datos indican que en la corteza prefrontal no sólo se encuentran las habilidades de comparar y comprender las consecuencias futuras del comportamiento, sino que también controla la capacidad mental de demorar una gratificación inmediata en aras de lograr una gratificación mayor a largo plazo. Esta capacidad para esperar hasta obtener una recompensa es una de las claves que definen el funcionamiento óptimo de la función ejecutiva en el cerebro humano.Existe abundante investigación encaminada a mejorar la comprensión del papel de la corteza prefrontal en los trastornos neurológicos. Muchos trastornos, como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o el TDAH, han sido relacionados con una disfunción de la corteza prefrontal, por lo que se trata de un área cerebral que presenta un foco potencial para el tratamiento de este tipo de desórdenes. Se han comenzado a realizar ensayos clínicos con ciertos fármacos que han mostrado una mejora de la función de la corteza prefrontal, como la guanfacina, un agonista adrenérgico que actúa sobre los receptores alfa 2. El canal HCN, uno de los principales objetivos de este fármaco, es una de las áreas recientemente investigadas por los estudios farmacológicos relacionados con la corteza prefrontal. La teoría de la interferencia puede dividirse en tres subtipos: proactiva, retroactiva y de salida. La interferencia proactiva se relacionó con la corteza prefrontal ventrolateral y la corteza prefrontal anterior izquierda usando la tarea de los estímulos sonda recientes. La interferencia retroactiva se ha relacionado con la corteza prefrontal ventral anterior mediante estudios con magnetoelectroencefalografía que estudiaban la relación entre la interferencia retroactiva y la memoria de trabajo en adultos de edad avanzada. Estos trabajos hallaron que los adultos de entre 55 y 67 años mostraban una menor actividad magnética en su corteza prefrontal que la reflejada por los sujetos del grupo control.



Otros trastornos
En las últimas décadas se han utilizado técnicas de neuroimagen para determinar el volumen y las conexiones nerviosas de las diferentes regiones cerebrales. Varios estudios han indicado que se observa un escaso volumen y un reducido número de interconexiones entre los lóbulos frontales y otras regiones cerebrales en pacientes afectados por TDAH, esquizofrenia, depresión, trastorno bipolar, situaciones de estrés elevado, víctimas de suicidio, criminales encarcelados, sociópatas, víctimas de envenenamiento, y drogadictos. Se cree que al menos algunas de las capacidades humanas para sentir culpa o remordimientos, y para interpretar la realidad están relacionadas con la corteza prefrontal. También está ampliamente aceptado el hecho de que el tamaño y el número de conexiones en la corteza prefrontal están directamente relacionados con la capacidad de experimentar emociones.



Funciones ejecutivas

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Los estudios originales de Fuster y de Goldman-Rakic hicieron hincapié en la capacidad fundamental de la corteza prefrontal para representar la información que no se encuentra presente en el medio ambiente en un momento dado, y el papel decisivo de esta función en la creación de un "bloc de notas mental". Los trabajos de Goldman-Rakic describen el modo en que este conocimiento representacional puede ser usado para guiar de forma inteligente los pensamientos, las acciones y las emociones, formando parte de este proceso la capacidad de inhibir los pensamientos, acciones y sensaciones que se consideran inapropiados. De este modo, la memoria de trabajo puede ser entendida como parte fundamental del proceso de atención e inhibición comportamental. Fuster habló sobre cómo esta capacidad prefrontal permite unir pasado y futuro, posibilitando la realización de asociaciones a través del tiempo y de la modalidad sensorial para establecer ciclos de acción-percepción encaminados a la obtención de metas concretas. Esta capacidad representativa constituye la base del resto de funciones ejecutivas de mayor nivel.Shimamura propuso la teoría del filtrado Dinámico para describir el papel de la corteza prefrontal en las funciones ejecutivas. Se presume que la corteza prefrontal actúa como un mecanismo de filtrado de alto nivel que favorece las activaciones orientadas a metas e inhibe las activaciones que pueden resultan irrelevantes o distractoras. Este mecanismo de filtrado establece un control ejecutivo a distintos niveles de procesamiento (selección, mantenimiento, actualización y redireccionamiento de activaciones). Este mecanismo también ha sido utilizado para explicar la regulación emocional. Miller y Cohen propusieron una teoría integrativa del funcionamiento de la corteza prefrontal que se deriva de los trabajos originales de Goldman-Rakic y Fuster. Ambos teorizaban que el control cognitivo surge del mantenimiento activo de patrones de actividad en la corteza prefrontal dirigidos a crear representaciones de las metas a alcanzar y los medios necesarios para lograrlo. Así, la corteza prefrontal proporcionaría señales a otras estructuras cerebrales para guiar el flujo de actividad a lo largo de las rutas neuronales, estableciendo un mapeado neuronal apropiado a partir de la información entrante, los estados internos y las necesidades de respuesta para ejecutar una tarea determinada. 

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En síntesis, según esta teoría integrativa, la corteza prefrontal guía la información entrante y las conexiones que posibilitan el control cognitivo de las acciones.La corteza prefrontal adquiere una importancia significativa cuando se requiere la puesta en marcha de un procesamiento "de arriba a abajo". Esto tiene lugar cuando la conducta está guiada por estados internos o intenciones. De acuerdo con Miller y Cohen, la corteza prefrontal es vital en aquellas situaciones en las que el mapeado de las rutas de activación formado entre la información sensorial entrante, los pensamientos y las acciones, está débilmente establecido en comparación con otros mapeados existentes. Puede encontrarse un ejemplo de esto en el Test de Clasificación de Cartas de Wisconsin. Los sujetos participantes de esta tarea deben clasificar las cartas en función de su forma, color o número de símbolos que contienen. Cualquier carta puede asociarse con un número de acciones diferentes (en función de bajo qué criterio se decida clasificar la carta), por lo que no puede existir un único mapeado de respuesta ante ese estímulo. Los participantes con daños en la corteza prefrontal son capaces de clasificar las cartas en las primeras tareas de clasificación, pero cuando las reglas se complican, introduciéndose nuevos criterios posibles de clasificación, se muestran incapaces de completar la tarea correctamente.Miller y Cohen concluyen que las implicaciones de su teoría pueden explicar en qué medida la corteza prefrontal es responsable del guiado de las acciones cognitivas. En palabras de los propios investigadores, «dependiendo del objetivo, las representaciones formadas en la corteza prefrontal pueden funcionar como plantillas atencionales, reglas, o metas a alcanzar, enviando señales a otras áreas cerebrales a través de un proceso "de arriba a abajo" que guían el flujo de actividad a través de las rutas necesarias para ejecutar una tarea».

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Trastorno reactivo del apego


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Trastorno reactivo del apego

El trastorno reactivo del apego (RAD, por sus siglas en inglés) está descrito en la literatura clínica como un severo y relativamente poco común trastorno que puede afectar a los infantes. Está caracterizado por formas inapropiadas y trastornadas de relacionarse socialmente en la mayoría de los contextos. Puede manifestarse en la forma de una persistente incapacidad para iniciar o responder a la mayoría de las interacciones sociales de una manera apropiada para el desarrollo, conocida como la forma «inhibida», o manifestarse como una sociabilidad indiscriminada, como es el caso de una excesiva confianza con extraños y que es denominada como forma «desinhibida».

El término se utilizada tanto en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) de la Organización Mundial de la Salud, como en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. En la CIE-10, la forma inhibida recibe el nombre de «Trastorno de vinculación de la infancia reactivo», mientras que la forma desinhibida es denominada como el «Trastorno de vinculación de la infancia desinhibido». Por su parte, en el DSM-V reciben el nombre de «Trastorno de apego reactivo» y «Trastorno de relación social desinhibida», respectivamente.

El RAD surge del fracaso para formar un apego seguro con los cuidadores primarios en la infancia temprana. Tal situación puede, a su vez, ser consecuencia de graves experiencias de negligencia, abuso y separación abrupta de los cuidadores entre las edades de seis meses y los tres años, o por la falta de respuesta, por parte del cuidador, a los esfuerzos comunicativos del infante. No todas, ni siquiera la mayoría de esas experiencias, resultan en el trastorno. Se distingue de los trastornos generalizados del desarrollo o de cualquier condición comórbida posible, como la discapacidad intelectual, que puedan afectar los comportamientos relacionados con el apego. Los criterios diagnósticos para el trastorno reactivo del apego son muy diferentes a los utilizados en la valoración o categorización de los patrones de apego, como el inseguro o el desorganizado.

Se presume que los infantes con RAD tienen modelos internos de trabajo de las relaciones sumamente trastornados, lo que puede conducir a problemas posteriores de comportamiento o en las relaciones interpersonales. Existen pocos estudios sobre los efectos a largo plazo y hay una falta de claridad sobre la presentación del trastorno más allá de los cinco años de edad. Sin embargo, la apertura de orfanatos en Europa Oriental, tras la finalización de la Guerra Fría a inicios de la década de 1990, proveyó oportunidades para la investigación en infantes y bebés mayores criados en condiciones desfavorecidas. Tales investigaciones ampliaron la compresión de la prevalencia, causas, mecanismos y evaluación de los trastornos del apego y condujeron a que, a medios de esa década, se iniciaran esfuerzos para el desarrollo de tratamientos y programas de prevención, así como mejores métodos de evaluación. Los teóricos de la corriente principal en el campo han propuesto que una gama más amplia de condiciones derivadas de los problemas con el apego deben ser definidas más allá de las clasificaciones actuales.

Los tratamientos y programas de prevención convencionales que se enfocaban en el RAD y otros trastornos del apego se basan en la teoría del apego y se concentran en el incremento de la respuesta por parte del cuidar o, en caso de no ser posible, cambiar de cuidador. Teóricos y profesionales han criticado el diagnóstico y tratamiento del supuesto trastorno reactivo del apego o del trastorno del apego, sin base teórica, dentro de la controversial forma de psicoterapia conocida como terapia de apego. Esta terapia tiene una base teórica sin corroboración científica y emplea criterios diagnósticos y listas de síntomas diferentes a los utilizados bajo los criterios del CIE-10 o del DSM-V. Una variedad de estrategias terapéuticas se emplean en la terapia del apego; algunas son física o psicológicamente coercitivas y son consideradas antitéticas de la teoría del apego.

Los pediatras y los profesores suelen ser los primeros en identificar la presencia del RAD. No obstante, la presentación clínica varía de acuerdo con las edades cronológica y mental del infante, aunque siempre involucra una perturbación en la interacción social. Se puede presentar una respuesta anormal a los estímulos y el retraso en el desarrollo de origen no orgánico es una de las manifestaciones clínicas más comunes. El infante luce triste y abatido y algunos también se muestran aterrados y vigilantes. En cuanto a los resultados de laboratorio, estos pueden arrojar resultados coincidentes con malnutrición o deshidratación, además de mostrarse niveles normales o elevados de la hormona del crecimiento y una reducida secreción de cortisona en comparación con infantes en desarrollo típicos.

La principal manifestación en el infante afectado es una relación social severamente inapropiada. A su vez, esto se puede expresar de dos formas:

Intentos indiscriminados y excesivos para recibir consuelo y afecto por parte de cualquier adulto disponible, incluso extraños (niños mayores y adolescentes también pueden incluir a sus pares en esos intentos).
Reticencia extrema a iniciar o aceptar el consuelo y afecto, incluso de adultos familiares, especialmente cuando se encuentra angustiado.
Aunque es común que el RAD ocurra en relación con un trato negligente y abusivo, los diagnósticos automáticos en este sentido no son apropiados, dado que los infantes pueden establecer un apego y desarrollar relaciones sociales pese a haber sufrido de marcados abusos y negligencia. El nombre del trastorno enfatiza en los problemas con el apego, pero los criterios incluyen síntomas como el retraso en el desarrollo, una falta de respuesta social apropiada para el desarrollo, apatía y su aparición antes de los ocho meses.

Herramientas de valoración

Por lo común se utilizan una variedad de medidas en la investigación y en el diagnóstico. Entre los métodos reconocidos para la valoración de los patrones, dificultades o trastornos del apego se encuentran el Procedimiento de la Situación Extraña (desarrollado por la psicóloga Mary Ainsworth), los procedimientos de separación y reunión, la Evaluación Preescolar del Apego, el Registro de observaciones de los entornos de prestación de cuidado, el Q-sort del Apego y una variedad de técnicas narrativas que se apoyan en cuentos, títeres o imágenes. Para niños mayores, se pueden emplear entrevistas como la Entrevista de apego para niños. Por su parte, los cuidadores también pueden ser evaluados por medio de procedimientos como la Entrevista del Modelo de Trabajo del Infante.

Aunque un creciente número de problemas mentales en la infancia son atribuidos a los defectos genéticos, el trastorno reactivo del apego es, por definición, una condición basada en un historial problemático de cuidado y relaciones sociales. El abuso puede ocurrir junto con los factores requeridos, pero por sí mismo no explica el trastorno. Se ha sugerido que los tipos de temperamento pueden hacer a algunos individuos suceptibles al estrés de relaciones hostiles o impredecibles con los cuidadores en la infancia. En la ausencia de cuidadores disponibles y receptivos, parece ser que algunos infantes son particularmente vulnerables a desarrollar trastornos del apego.

No existe una explicación del porqué las formas similares de crianza anormal pueden producir las dos distintas formas del trastorno, inhibida y desinhibida. Igualmente, no se ha resuelto la cuestión del temperamento y su influencia en el desarrollo de los trastornos del apego. El RAD nunca se ha reportado en ausencia de graves adversidades ambientales, aún así, los resultados para los niños criados en tales circunstancias varían ampliamente.

Al discutir la base neurobiológica del apego y los síntomas del trauma en un estudio de gemelos de siete años, se ha sugerido que la raíz de diversas formas de psicopatología, como el RAD, el trastorno límite de la personalidad y el trastorno de estrés postraumático, se encuentra en alteraciones de la regulación afectiva. El desarrollo subsecuente de la autorregulación de orden superior está comprometido y la formación de modelos internos se ve afectada. Consecuentemente, podrían estar alterados los «patrones» mentales que conducen el compartamiento organizado en las relaciones. Existe, por lo tanto, un potencial para la «re-regulación» (la modulación de las respuestas emocionales dentro de un rango normal) en la presencia de experiencias «correctivas» (cuidado normativo).

Existe poca información epidemiológica sistemática sobre el RAD, no está bien establecido su curso y parece ser difícil de diagnosticar con exactitud. Asimismo, hay un falta de claridad sobre la presentación de los trastornos del apego más allá de los cinco años de edad. Igualmente, hay dificultades para distinguir entre los aspectos de estos trastornos, el apego desorganizado o las consecuencias del maltrato. De acuerdo a la Academia Estadounidense de Psiquiatría de Niños y Adolescentes (AACAP, por sus siglas en inglés), los niños que muestran signos del trastorno reactivo del apego necesitan una amplia evaluación psiquiátrica y un plan terapéutico personalizado. Dado que las características del RAD pueden presentarse en otros trastornos, la AACAP recomienda evitar dar un diagnóstico de este tipo sin antes realizar una evaluación completa.

Los parámetros de práctica de la AACAP indican que la valoración del trastorno reactivo del apego requiere evidencia directamente obtenida por medio de observaciones seriadas del niño interactuando con su cuidador primario y su historial (si está disponible) de sus patrones de comportamiento con esos cuidadores. Además, requiere de observaciones del niño con adultos desconocidos y un historial completo de sus previos ambientes de cuidado, incluyendo, por ejemplo, a pediatras, profesores o asistentes sociales. Por su parte, la Asociación Británica para la Adopción y el Refugio (BAAF, por sus siglas en inglés) indica que el diagnóstico únicamente lo puede realizar un psiquiatra y que cualquier valoración debe incluir una amplia evaluación del historial individual y familiar del infante.

Asimismo, según la AACAP, no se ha resuelto la cuestión sobre si los trastornos del apego pueden ser diagnosticados de manera fiable en niños mayores y adultos. Los comportamientos del apego utilizados para el diagnóstico del RAD cambian notablemente con el desarrollo y es difícil definir comportamientos análogos en niños mayores. Puede no ser posible la evaluación del RAD tras la edad escolar, dado que, para ese momento, el niño se ha desarrollado en líneas individuales a tal punto que las experiencias de apego previas son solo un factor dentro de muchos que determinan la emoción y el comportamiento.

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Criterios diagnósticos

La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) describe al «Trastorno de vinculación de la infancia reactivo» y al «Trastorno de vinculación de la infancia desinhibido». Por su parte, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V) considera dos trastornos diferentes, el «Trastorno de apego reactivo» y el «Trastorno de relación social desinhibida». Pese a las diferentes denominaciones, las dos clasificaciones son similares y muestran algunas semejanzas en sus criterios diagnósticos.

Forma inhibida
Forma desinhibida
El CIE-10 establece, únicamente para la forma inhibida, que el trastorno es, probablemente, «producto directo de negligencia paternal grave, abuso o maltrato importante». En este sentido, el DSM-V indica, respecto a ambas formas, que debe existir un «patrón extremo de cuidado insuficiente», que se observa como una falta persistente, por parte de los cuidadores, en cubrir las necesidades emocionales básicas del niño para disponer de «bienestar, estímulo y afecto» o como cambios repetidos del cuidador primario «que reducen la oportunidad de elaborar un apego estable».

En el DSM-V, la forma inhibida se describe como un trastorno en el que se observan patrones de conductas de apego alterados o inadecuados. En esta condición, la característica principal es «ausencia de búsqueda de consuelo y [...] la falta de respuesta a las conductas de consuelo», por parte del cuidador. En este sentido, cuando el infante tiene problemas, no muestra «intentos coherentes de obtener consuelo, apoyo, cuidado o protección» de sus cuidadores. Por otra parte, la forma desinhibida está descrita como un trastorno caracterizado por un patrón de comportamiento «culturalmente inapropiado, demasiado familiar con personas relativamente extrañas».

La forma inhibida tiene una mayor tendencia a mejorar con un cuidador apropiado, contrario a la forma desinhibida, que es más perdurable. En este sentido, el CIE-10 señala que esta última tiende a persistir pese a «cambios profundos en las circunstancias del entorno». No obstante, ambas formas no son opuestas y pueden coexistir en el mismo individuo. Zilberstein (2006) comentó sobre la dificultad de clarificar las principales características del trastorno y distinguirlo de otras condiciones comórbidas.

Diagnóstico diferencial

Las complejidades que representa el diagnóstico del RAD implica que se requiera una cuidadosa evaluación diagnostica realizada por un experto en salud mental entrenado con conocimientos sobre el diagnóstico diferencial. Diversos trastornos, como los conductuales, los de ansiedad (como el trastorno de ansiedad social), el trastorno negativista desafiante y el trastorno por estrés postraumático comparten muchos síntomas y, comúnmente, son comórbidos con el RAD, lo que puede conducir a un sobrediagnóstico o a que no sea diagnosticado. Igualmente, el RAD puede confundirse con otros trastornos neuropsiquiátricos, como los trastornos del espectro autista, el trastorno generalizado del desarrollo, la esquizofrenia pediátrica y algunos trastornos genéticos. Los infantes con este trastorno pueden distinguirse de aquellos con una enfermedad orgánica debido a su rápida mejoría física tras la hospitalización. Por lo general, los niños autistas tienen un peso y tamaño normales y muestran un grado de discapacidad intelectual.

Diagnóstico alternativo

Ante la ausencia de un sistema diagnóstico estandarizado, se han creado múltiples sistemas de clasificación o listas de verificación, populares e informales, fuera de los criterios del DSM o del CIE y con falta de experiencia clínica y paterna, dentro de un campo denominado terapia del apego. Estas listas no están validadas y los críticos aseguran que son incorrectas, muy ampliamente definidas o aplicadas por personas no calificadas. Muchas se encuentran en páginas web de terapéutas del apego y ciertos elementos comunes en estas listas, como mentir, una falta de remordimiento o consciencia y crueldad, no forman parte de los criterios diagnósticos del DSM-V o del CIE-10. Numerosos niños son diagnosticados con RAD debido a problemas del comportamiento que quedan fuera de los criterios.

Existe un énfasis dentro de la terapia del apego en el comportamiento agresivo como un síntoma de lo que describen como un trastorno del apego, mientras que los teóricos convencionales consideran tales comportamientos como comórbidos; estos comportamientos de externalización requieren una evaluación apropiada y un tratamiento propio. Sin embargo, el conocimiento de las relaciones de apego pueden contribuir al conocimiento de su etiología, mantenimiento y tratamiento. El Cuestionario sobre el Trastorno del Apego de Randolph es una de las listas mejor conocidas y es utilizado por terapeutas del apego y otros. La lista de verificación incluye 93 comportamientos distintos, muchos de los que pueden coincidir con otros trastornos, como los conductuales o el negativista desafiante, o no se relacionan con problemas del apego. Sus críticos aseguran que no está validado y que carece de especificidad.

Evaluar la seguridad del niño es un primer paso fundamental para determinar si podrán realizarse futuras intervenciones en la familia o si será necesario trasladarlo a una situación segura. Dentro de las intervenciones se pueden encontrar los servicios de apoyo psicosocial para la familia (incluyendo ayuda doméstica o económica, alojamiento y apoyo de un trabajador social), intervenciones psicoterapéuticas (tratamiento para padres con enfermedad mental, terapia familiar o terapia individual), educación (entrenamiento en las habilidad básicas de crianza y desarrollo infantil) y monitoreo de la seguridad infantil dentro del ambiente familiar.

Con respecto al tratamiento del RAD, en sus guías de 2005, la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry indicó que:

«La intervención más importante para los niños pequeños diagnosticados con trastorno reactivo del apego y que carecen de apego con un cuidador de referencia es que el médico abogue por proporcionarle una figura de apego emocionalmente disponible.»
«Aunque el diagnóstico del trastorno reactivo del apego se basa en los síntomas mostrados por el menor, es importante para la selección del tratamiento evaluar las actitudes y las percepciones del cuidador para con el niño.»
«Se presume que los niños con trastorno reactivo del apego tienen modelos internos de relación sumamente perturbados. Tras asegurar que se encuentra en una colocación segura y estable, el tratamiento efectivo debe enfocarse en crear interacciones positivas con los cuidadores.»
«Los niños que cumplen con los criterios del trastorno reactivo del apego y que presentan comportamientos agresivos y de oposición requieren tratamientos adicionales.»
Los programas y las estrategias de tratamiento convencionales para los problemas o trastornos del apego de infantes y niños pequeños se basan en la teoría del apego y se concentran en incrementar el grado de reacción y la sensibilidad del cuidador. De no ser posible, se cambia de cuidador. Invariablemente, los programas incluyen una detallada evaluación del estado del apego o las respuestas del cuidador adulto, considerando el apego como un proceso de dos sentidos que involucra el comportamiento del apego y la respuesta del cuidador. Algunos de estos tratamientos y programas apuntan específicamente a cuidadores adoptivos y no a padres, dado que, comúnmente, los comportamientos de apego mostrados por infantes o niños con dificultades de apego no provocan las respuestas apropiadas en el cuidador. Entre las estrategias se encuentran la psicoterapia niño-padres, el apego y enlace bio-conductuales y el círculo de seguridad.

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«Terapia del apego»

Aunque su uso es cada vez mayor, los términos trastorno del apego, problemas del apego y terapia del apego no tienen definiciones claras, específicas o consensuadas. Sin embargo, los términos y terapias son comúnmente aplicadas a niños maltratados, particularmente aquellos en cuidado temporal, cuidado familiar o en sistemas de adopción y poblaciones relacionadas como la de niños adoptados internacionalmente o en orfanatos.

Fuera de los programas tradicionales, existe una forma de tratamiento conocida como terapia del apego, un grupo de técnicas terapéuticas para supuestos trastornos, como el RAD. En general, estas terapias se centran en niños de acogida o adoptados con la visión de crear el apego con sus nuevos cuidadores. En líneas generales, su base teórica es una combinación de regresión y catarsis, acompañada de métodos de crianza que enfatizan en la obediencia y el control paterno. Esta forma de tratamiento y diagnóstico ha recibido múltiples críticas, en su gran mayoría no está validada y se ha desarrollado fuera de la corriente científica principal. Asimismo, carece de una base evidencial y las técnicas varían desde terapias no coercitivas hasta formas más extremas de técnicas represivas, físicas y confrontacionales. Entre estas destacan la terapia de contención, la reducción de la ira y el modelo Evergreen. Estas formas de terapia pueden involucrar contención física, provocación deliberada de rabia e ira en el niño por medio de métodos físicos y verbales (tales como cosquillas, contacto visual forzado y confrontación verbal), además de obligar a repasar un trauma previo.

Los críticos sostienen que estas terapias no se encuentran dentro del paradigma del apego, son potencialmente abusivas y antitéticas a la teoría del apego. El Reporte de la APSAC Taskforce de 2006 destaca que muchas de estas terapias se concentran en cambiar al niño y no al cuidador. Algunas veces se realizan predicciones nefastas sobre el supuestamente violento futuro del niño si no es tratado mediante esta terapia. La Clínica Mayo sugiere precaución al momento de consultar con personas que promuevan este tipo de métodos. «Algunos ofrecen evidencia que apoya sus técnicas, pero ninguna se ha publicado en respetadas revistas médicas o de salud mental».

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El curso del RAD no está bien estudiado, aunque ha habido esfuerzos por examinar los patrones de síntomas con el paso del tiempo. Los pocos estudios longitudinales existentes (relativos a los cambios en el desarrollo con la edad a lo largo de un periodo de tiempo) involucran solamente a niños de instituciones pobremente operadas en Europa del Este. Los hallazgos de estos estudios indican que es rara la persistencia del patrón inhibido del RAD en niños adoptados de instituciones y adentrados en ambientes de cuidado normativos. Sin embargo, existe una cercana asociación entre la duración de la privación y la severidad de los comportamientos de apego trastornados. La calidad del apego que estos niños forman con los subsecuentes cuidadores puede verse comprometida, pero probablemente no cumplirán con los criterios del RAD inhibido. El mismo grupo de estudios sugiere que una minoría de niños internados y adoptados presentan una sociabilidad indiscriminada persistente aún después de que les sea provisto un ambiente de cuidado más normativo.

Esta condición puede persistir por años, incluso entre niños que subsecuentemente presentan un apego preferido con sus nuevos cuidadores. Algunos exhiben hiperactividad y problemas de atención, así como dificultades al momento de relacionarse con sus pares. En el único estudio longitudinal que ha seguido el paso de niños con comportamientos indiscriminados a la adolescencia, se observó que eran significativamente más propensos a presentar relaciones pobres con sus pares. En una investigación, se reportó que algunos niños criados en instituciones son desatentos, hiperactivos y marcadamente indiscriminados en sus relaciones sociales, a diferencia de otros en condiciones similares, las niñas y los adoptados. No está claro si estos comportamientos deben ser considerados parte del apego trastornado. En otro artículo, que empleó cuestionarios, se encontró que los niños de entre tres y seis años diagnosticados con RAD obtienen un menor puntaje en empatía, pero mayor en autocontrol (regulación del comportamiento propio para «verse bien»). Estas diferencias fueron más marcadas en el puntaje de los padres, lo que sugiere que el niño con RAD puede reportar los rasgos de su personalidad de maneras demasiado positivas. Sus puntuaciones también indicaron considerablemente más problemas de comportamiento en comparación con los niños del grupo de control.

Con el DSM-III (1980), luego de la acumulación de evidencia en niños internados, el trastorno reactivo del apego hizo su aparición en la nosología estándar de los trastornos psicológicos. Entre los criterios se incluyó una aparición antes de los ocho meses de edad y se equiparó con el retraso del desarrollo. Estas características desaparecieron en el DSM-III-R (1987) y en su lugar se cambió la aparición a los primeros cinco años de vida y el trastorno se dividió en dos subcategorías: inhibido y desinhibido. Estos cambios fueron resultado de mayores investigaciones en niños maltratados e internados y se mantuvieron en la versión DSM-V (2013). Ambas nosologías se enfocan no solo en niños pequeños con un riesgo incrementado de desarrollar ulteriores trastornos sino también en aquellos que ya presentan alteraciones clínicas.

El amplio marco teórico detrás del RAD es la teoría del apego, basada en los trabajos realizados entre las décadas de 1940 y 1980 por John Bowlby, Mary Ainsworth y René Spitz. Esa teoría emplea conceptos psicológicos, etológicos y evolucionarios para explicar los comportamientos sociales típicos de los infantes. Se enfoca en la tendencia de aquellos de buscar la cercanía de una figura de apego particular (cuidador familiar) en situaciones de alarma o angustia, unos comportamientos que parecen tener un valor de supervivencia. Esto se conoce como apego discriminatorio o selectivo. Subsecuentemente, el infante comienza a utilizar a su cuidador como una base de seguridad a partir de la cual explorar el ambiente, regresando periódicamente a la persona familiar. Aunque están relacionados, el apego es diferente al amor o la afección. Los comportamientos de apego y el apego mismo tienden a desarrollarse entre los seis meses y los tres años. Los infantes se apegan a los adultos sensibles y receptivos en las interacciones sociales con ellos y que persisten como cuidadores por algún tiempo. Las respuestas de los cuidadores conllevan el desarrollo de patrones de apego, que conducen a modelos de trabajo internos que guian los sentimientos, pensamientos y expactivas del individuo con relación a sus futuras relaciones.

La ausencia patológica del apego discriminatorio o selectivo necesita diferenciarse de la existencia de apegos con patrones de comportamiento típicos o de alguna forma atípicos, conocidos como estilos o patrones. Existen cuatro estilos de apego reconocidos y empleados dentro de la investigación del desarrollo del apego: seguro, ansioso-ambivalente, ansioso-evitativo (todos organizados) y el desorganizado. Los últimos tres se caracterizaran como inseguros y se evalúan mediante la «técnica de situación extraña», diseñado para evaluar la calidad del apego.

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Un bebé con apego seguro explorará libremente mientras el cuidador esté presente, se relacionará con extraños y se mostrará visiblemente molesto cuando el cuidador se aleje y feliz cuando regrese. El niño con apego ansioso-ambivalente está ansioso ante la exploración, extremadamente angustiado cuando el cuidador se aleja, pero ambivalente ante su regreso. En el apego ansioso-evitativo, el infante no explorará mucho, evitará o ignorará al padre —muestra pocas reacciones ante su partida o regreso— y tratará a los extraños de forma similar, con poco rango emocional. Finalmente, en el niño con apego desorganizado se observa la falta de un patrón coherente de afrontamiento. La evidencia sugiere que esto ocurre cuando la figura de cuidado es también objeto de temor, por lo que el infante se ve adentrado en un situación irresoluble con respecto a si se acerca o evade. Al reunirse con el cuidador, el niño se puede mostrar aturdido o asustado, congelado, rechazando al cuidador o acercándose con la cabeza pronunciadamente apartada u otros comportamientos que implican temor de esa persona. Se considera que lo anterior representa la ruptura de una estrategia de apego inconclusa y parece afectar la capacidad de regular las emociones.

Aunque existe un amplio rango de dificultades relacionadas con los estilos de apego —particularmente el estilo desorganizado— que pueden resultar en alteraciones emocionales y en un aumento del riesgo de desarrollo de posteriores psicopatologías, ninguno de estos patrones constituye un trastorno por sí mismo y ninguno equivale a los criterios del RAD. El en un sentido clínico es una condición que requiere tratamiento, a diferencia de los factores de riesgo para subsecuentes trastornos. El trastorno reactivo del apego denota una falta de comportamientos de apego típicos en lugar de un estilo de apego, independientemente de lo problemático que pueda ser ese estilo, y por lo tanto no existe una discriminación entre personas familiares y no familiares en ambas formas del trastorno. Tal carencia es una característica del comportamiento social de un infante con estilos de apego atípicos. Tanto el DSM como la CIE describen el trastorno en términos de los comportamientos socialmente anormales en general, en lugar de concentrarse más específicamente en los comportamientos de apego. El DSM enfatiza en el fracaso de iniciar o responder a las interacciones sociales a lo largo de un rango de relaciones y, de forma similar, el CIE se concentra en las respuestas sociales contradictorias o ambivalentes que se extienden a lo largo de las situaciones sociales. No obstante, no es clara la relación entre los patrones de apego en la «técnica de situación extraña» y el RAD.

Existe una falta de consenso respecto al significado del término «trastorno del apego», frecuentemente utilizado para referirse al trastorno reactivo del apego y en discusiones sobre las diferentes clasificaciones propuestas del apego más allá de las limitaciones que conllevan las del DSM y la CIE. También se utiliza dentro del área de la terapia del apego, al igual que el término trastorno reactivo del apego, para describir el rango de comportamientos problemáticos que no se ubican dentro de los criterios del DSM o la CIE o que no están relacionados directamente con los patrones de apego o sus dificultades.

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30 de julio de 2017

Superhéroes - Los nuevos "dioses" del mundo moderno


Justicia, cultura y cómics: filosofía y superhéroes

En apariencia, el mundo del cómic de superhéroes vive una etapa dorada: los productos de merchandising se venden bien (a pesar de que su precio es, en muchas ocasiones, elevado para el bolsillo medio), las grandes editoriales (DC y Marvel) han relanzado con todo tipo de boato sus colecciones más importantes y, por último, la industria del cine no cesa de producir películas que se hacen eco de estos inmortales personajes. Y es que, como asegura el guionista Grant Morrison en Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic,“Vivimos en las historias que nos contamos”.

Sin embargo, y a pesar de tan esperanzadores datos, las historias de superhéroes siguen rodeadas por un halo de sospecha que pone en entredicho el papel de Superman, SpiderMan, Thor o Wonder Woman en el mundo de la cultura. Podríamos decir, incluso, que los cómics de superhéroes se incluyen implícitamente en una suerte de “subcultura” en la que prima la espectacularidad y se prescinde del rigor propio de lo que, en otro tiempo, se denominó “alta cultura”.

Nadie negará, desde luego, que la industria del cómic estadounidense mueve muchos millones de dólares a lo largo y ancho del mundo en pos de una espectacularidad que en ocasiones tan sólo esconde productos hueros, vacíos, carentes de valor propiamente cultural. Pero tampoco habrá quien se atreva a insinuar que no ocurre lo mismo en otros ámbitos de esa llamada “alta cultura” (emporios editoriales, teatros de gran postín, macro salas de cine, etc.). Aunque las comparaciones sean odiosas, en este caso es necesario preguntarse por qué en el caso de los cómics este dato parece constituir un impedimento para que las historias que los propios cómics contienen no sean consideradas parte del devenir cultural más egregio y fundamental.

No hay quien desconozca que las camisetas con el emblema de Superman, las películas de SpiderMan o la construcción de un parque temático que tenga como protagonistas a los superhéroes pone en movimiento un flujo de dinero incalculable. Pero quizás más de uno se sorprendería al saber, si tenemos en cuenta la fachada casi divina que cobija a la “alta cultura”, que las grandes superficies comerciales que tienen como objeto de negocio la venta de libros, venden –a la vez, e incluso con más fruición que los propios libros– todos y cada uno de los espacios de sus locales a las editoriales de turno que, por su parte, desean poner en circulación sus últimas novedades (desde escaparates y catálogos de Navidad o verano, pasando por alfombras con la imagen de portada, hasta inmensos carteles que dan la bienvenida al cliente bajo la rúbrica “No te pierdas el último best seller de Fulanito o Zutanita”). No hay ni que decir que, por ejemplo, los pequeños editores tienen un acceso más dificultoso a tales plataformas publicitarias, lo que redunda en el beneficio de los más importantes imperios editoriales. El libro del que más copias se venden, como sabe el lector más o menos avezado, no es el de mayor calidad literaria (una norma que se cumple en un porcentaje insultantemente alto), sino el que cuenta con un mayor apoyo económico/logístico para darlo a conocer a un amplio público.


Y lo mismo ocurre en el caso de las salas de cine, lo que está llevando –como hemos comprobado recientemente– al cierre exponencial de locales emblemáticos que apostaban por las iniciativas independientes y que evidentemente no pueden luchar contra las grandes salas de cine comercial. Ni siquiera las otrora salvíficas ayudas estatales, cada vez más escasas (por no decir inexistentes), pueden hacer nada contra esta anunciada debacle. Quizás podamos recordar en este contexto las palabras de V de Vendetta (que son, en realidad, las de un Alan Moore obsesionado con el concepto de “inconsciente social”):
Hemos tenido una serie de estafadores, fraudes, mentirosos y lunáticos que han tomado una serie de decisiones catastróficas. Eso es un hecho. Pero ¿quién les eligió? ¡Fuiste tú! ¡Tú quien nombró a esta gente! ¡Tú quien les dio el poder de tomar decisiones en tu lugar! Aunque reconozco que cualquiera puede cometer un error una vez, cometer los mismos errores fatales siglo tras siglo me parece simplemente deliberado” (V de Vendetta, Libro 2, Cap. 4).


Pero por suerte no todo son puntos negros en el panorama del cómic de superhéroes. Sí es cierto que, gracias a la popularidad que el cine ha dado a estas figuras en los últimos veinte años (hasta los 90 las películas sobre superhéroes aparecían con cuentagotas, aunque quizás eran narrativamente mucho más ricas que las actuales), las librerías especializadas en este género, así como los ensayos de corte teórico que se hacen eco de las historias de nuestros protagonistas, han crecido de manera llamativa. No sólo se venden cómics, sino que los seguidores de las historietas de superhéroes demandan, con una creciente necesidad, material con el que poder complementar la lectura de los propios tebeos (uso en este artículo e indistintamente, aunque no sea del todo correcto, las palabras “cómic” y “tebeo”).

A este respecto existe un título imprescindible para los seguidores de las aventuras de los superhéroes. Se trata del maravilloso libro de Grant Morrison (afamado guionista que ha trabajado tanto para DC como para Marvel) Supergods. Our World in the Age of the Superhero, que Miguel Ros González ha traducido como Supegods. Héroes, mitos e historias del cómic, publicado en Turner. El título es ya de por sí elocuente, y si ojeamos el contenido de la obra veremos con no poca sorpresa que el volumen se inaugura con una cita del mismísimo Nietzsche en Así habló Zarathustra: “Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia!”.

Así resumen el objetivo de esta obra imprescindible (¡500 páginas de historia y ensayo sobre superhéroes!) el propio Morrison:

El presente libro es la guía definitiva para el mundo de los superhéroes: en ella veremos qué son, de dónde viven y cómo pueden ayudarnos a cambiar nuestra percepción de nosotros mismos, de nuestro entorno y del multiverso de posibilidades que nos rodea. Prepárense para quitarse el disfraz, susurrar las palabras mágicas e invocar al rayo. Es hora de salvar el mundo.



Mucho se ha relacionado, a mi parecer erróneamente, el Übermensch nietzscheano con Superman, quizás por la similitud nominal entre las palabras “superhombre” y el principal apelativo del Hombre de Acero. Sin embargo, lo que los superhéroes contienen de “superhombre” (o “supermujer”) es que sus figuras parecen encontrarse más allá del bien y del mal. En ellos, las categorías morales tradicionales quedan desdibujadas porque, precisamente, las proezas que llevan a cabo ponen en entredicho nuestra manera de evaluar moralmente una acción. Y lo que es más importante: salvo excepciones, a los superhéroes parece no importarles quebrantar la ley si con ello se salva la justicia. A este respecto cabe desarrollar una breve digresión.

En el difícil contexto que vivimos –plagado de desahucios, subidas fiscales, deplorables casos de corrupción, y caracterizado por la aparición de numerosos movimientos sociales–, la población acude al Estado para defender las libertades y derechos adquiridos a lo largo de las últimas décadas. Sin embargo, los ciudadanos no siempre encuentran el respaldo esperado en las leyes, y denuncian que la Justicia, con mayúscula, ha pasado a estar de parte de los más poderosos; así hacen suyo uno de los pensamientos fundamentales que Aristóteles expuso en el Libro I de la Política: “algunos convierten todas las facultades en crematísticas, como si ese fuera su fin, y fuera necesario que todo respondiera a ese fin”. En este sentido, Grant Morrison asegura en Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic, que:

… las historias de superhéroes se destilan en los niveles supuestamente más bajos de nuestra cultura, pero, al igual que la base de un holograma, contienen en su interior todos los sueños y miedos de generaciones enteras, en forma de intensas miniaturas. […] Nos dicen dónde hemos estado, qué temimos y qué deseamos, y hoy en día son más populares y están más generalizadas que nunca, pues siguen hablándonos de lo que de verdad queremos ser.

Una de las cuestiones más debatidas a lo largo de la historia del Derecho, la Filosofía o la Sociología, y que aún levanta ampollas, es la de si el Estado debe encargarse no sólo de impartir justicia, sino también de infundir moralidad en los corazones. Pero, a la vista está, parece imposible esperar por parte de ciertos dirigentes esa anhelada justicia ni, por otro lado, demandar al Estado que imparta un “magisterio moral” que, en muchas ocasiones, no está en disposición de ofrecer por las propias contradicciones en las que el poder se ve envuelto.

Si recordamos por un momento las enseñanzas de Kant, veremos cómo en el apéndice a su escrito Sobre la paz perpetua no duda en afirmar que la auténtica política no debería dar un paso sin haber rendido antes pleitesía a la moral: “y aunque la política es por sí misma un arte difícil, no lo es, en absoluto, la unión de la política con la moral”. Algunas líneas después se muestra incluso más tajante: “El derecho de los hombres debe mantenerse como cosa sagrada”, por muchos que fueran los sacrificios –puntualiza– que tuviera que hacer el poder dominante para mantener tal sacralidad. Así, en última instancia, como parece desprenderse de lo que Kant explica, la política debe obedecer al Derecho… siempre que éste, como deseaba el filósofo de Königsberg, encontrara su base en la moralidad (y por lo tanto, en el deber).

Es aquí, quizás, donde resida uno de los puntos fuertes de las historias de superhéroes, que pueden convertirse en un curioso aliado a la hora de mostrar cómo justicia y ley se contraponen a veces como el día y la noche. Lo que distingue a los superhéroes de las “personas reales” es que no se limitan a defendernos de una amenaza inminente, sino que tratan además de participar activamente en la detención de los criminales cuando éstos no han cometido aún sus fechorías. Si echamos un vistazo a la Gotham City de Batman, podríamos reconocer en ella un insospechado retrato (por ejemplo) de la parcialidad de los tribunales de justicia actuales, tantas veces hermanados o en triste comadreo con la fuerza gobernante. Y es que, como Nietzsche recuerda en numerosos pasajes (en contraposición a las enseñanzas de Kant más arriba señaladas), seguir la moral vigente no quiere decir que, de hecho, se actúe moralmente. Y es ésta una de las principales enseñanzas de los cómics de superhéroes. Como señala Morrison en Supergods,

Ni siquiera necesitaba que [Superman] fuera real […]: Superman es un producto de la imaginación humana resistente, un emblema perfecto de nuestros yoes más altos, más amables, más sabios y fuertes. Con Superman y los demás superhéroes, el ser humano creó unas ideas invulnerables a todo daño, inmunes a la deconstrucción, elaboradas para superar a los genios diabólicos, concebidas para hacer frente al Mal en estado puro y, de alguna manera, y contra todo pronóstico, salir siempre vencederas.

Si seguimos con Batman, observamos cómo en ocasiones (en demasiadas ocasiones…) sus acciones se ven cuestionadas e incluso refrenadas por las autoridades policiales: es decir, quedan al margen de una autorización oficial. Pero este tomarse la justicia por su mano, este quebrantamiento de las leyes por parte del Caballero Oscuro, se hace en nombre no de una justicia particular, sino de la Justicia tomada como ideal al que tender. Batman nos insta a preguntarnos por qué ha de permitirse que las estructuras sociales más fuertemente establecidas (tantas veces empleadas en beneficio de unos pocos) han de suponer un estorbo para la consecución de lo justo. Volvamos a citar al inmortal V de Vendetta de Moore:

¡Fuera con los destructores! No tienen cabida en nuestro mundo mejor. Pero brindemos por todos nuestros terroristas, nuestros bastardos, los más desagradables e imperdonables. Bebamos a su salud… para no verlos nunca más (V de Vendetta, Libro 3, Cap. 5).


Es inútil discutir con quienes arremeten contra la vigencia e importancia cultural de los cómics de superhéroes… pero que, curiosamente, nunca han tenido uno entre sus manos. Quien no ha podido deleitarse con los extraordinarios paisajes futuristas de la Asgard de Thor, la oscuridad de Gotham, la delicada belleza de Isla Paraíso o la luminosidad de Metrópolis, y no digamos con los problemas políticos de Thor, los dilemas morales de Batman o SpiderMan, o el interesante contraste entre los argumentos que presentan superhéroes y villanos, quien no se haya enfrentado en definitiva a la lectura de un cómic de superhéroes, no está en disposición de emitir un juicio sobre la relevancia cultural de tales historias. Explica un emocionado Morrison en el capítulo final deSupergods que:

Amamos a nuestros superhéroes porque se niegan a fallarnos. Podemos analizarlos y decir que no existen, podemos matarlos, prohibirlos, mofarnos de ellos, y aun así acabarán volviendo, para recordarnos pacientemente quiénes somos y quiénes desearíamos poder ser. Son una poderosísima idea viva. […] Las historietas de superhéroes despertaron mi potencial interior, me dieron las bases de un código ético en el que aún creo, inspiraron mi creatividad, […] me ayudaron a comprender la geometría de dimensiones superiores y me alertaron de que todo es real, especialmente nuestras ficciones.

Porque, es importante señalarlo, los cómics de superhéroes no son las películas que sobre ellos se producen, ni los parques temáticos ni el merchandising; los cómics son tinta, dibujos, papel y diálogo. Son la ilusión del lector que acude cada semana, cada mes, cada trimestre, siempre puntualmente, a adquirir el siguiente número de las aventuras de su personaje favorito. Unos personajes que, a pesar de haber pasado por las manos de cientos de dibujantes y guionistas, perduran como símbolos inquebrantables de valores que, precisamente por su carácter inalcanzable, suponen un ideal al que aspirar. Los superhéroes nos recuerdan que somos seres “intermedios”, seres siempre “a mitad de camino”. Grant Morrison concluye Supergods con esta sugerente cita de Pico Della Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del hombre:

No te hemos hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, de suerte que seas tú mismo, artesano libre y orgulloso de tu propio ser, quien pueda moldearse según sus preferencias. Estará en tu mano descender a la condición inferior de bruto, así como ascender de nuevo a la condición superior, que es divina, extraída del juicio de tu ánimo.

Pero ¿por qué esa fascinación por estos personajes de ficción? Hace más de veinte siglos, griegos y romanos poseían un amplio elenco de dioses que ejercía no sólo una función religiosa, sino también ideática, evocativa, mediante la que quedaban reflejados ciertos cánones frente a los que el hombre se hallaba en una relación de aspiración (fuerza, astucia, inteligencia, belleza, etc.). Sísifo o Prometeo, por ejemplo, intentaron llegar a asimilarse a aquellas divinidades más de lo que les estaba permitido, hiriendo el orgullo de los dioses –siendo finalmente castigados por éstos a causa de una suerte de pecado de lo que en griego se denominaba hybris (una falta de mesura por la que se intentaba superar la condición humana)–. Aunque pueda parecer extraño, aquellas divinidades que ya tan lejanas quedan tienen mucho que ver con los superhéroes contemporáneos. De hecho, algunas de estas figuras continúan haciendo alusión a antiguas historias mitológicas, como en el caso de Thor.


En general, tendemos a forjarnos un modelo o ideal que admiramos y sobre el que podemos establecer un marco de referencia para cotejarlo con el fondo de nuestras acciones. Indagamos así el porqué de nuestro hacer a partir de un canon que no siempre posee un origen autónomo -producto de reflexiones propias- sino que proviene de organismos, instituciones y empresas que nos sugieren un camino o guía de actuación “apropiado”.

Schopenhauer escribía en el Capítulo 70 de los Complementos al Libro Cuarto de El mundo como voluntad y representación que el mundo es el reino de la necesidad (das Reich der Natur), mientras que la libertad es el reino de la gracia (das Reich der Gnade), haciendo alusión a la Tercera Antinomia de la Crítica de la razón pura de Kant. Más allá de lo que la filosofía pudiera aportar en este debate sobre qué nos atrae de los superhéroes, me quedaré en lo superficial explicando que aquella distinción entre “libertad” y “necesidad” se hace especialmente relevante para sacar algo en claro en el tema que nos ocupa.

El ser humano se ve constante y radicalmente avasallado por los problemas que le rodean: hambre, escasez de recursos, enfermedades, muerte, conflictos raciales, guerras, etc. Una persona normal y corriente es incapaz de enfrentarse a tales problemas de una manera definitiva, esto es, encarando la situación aplicando –primero- la reflexión, y después, empleando los medios que tiene en sus manos para solucionar lo que en tal o cual momento le inquieta. Violaciones, robos, maltratos, atracos, raptos, terrorismo… nada de ello nos apabulla realmente hasta el momento en que la Providencia decide someter a prueba nuestro Destino. Sin necesidades de rajarse las vestiduras, podemos afirmar que somos animales absolutamente egoístas, inclinados a defender nuestras posesiones más queridas. En el capítulo III (“La lucha por la vida”) de El origen de las especies de Darwin leemos: «esta regla no tiene excepción: todo ser orgánico se aumenta naturalmente en una proporción tan alta, que si no se le destruyera pronto, la tierra estaría cubierta por la progenie de una sola pareja».

El origen de los superhéroes en la edad moderna (recordemos que el auténtico boom de estas historias se remonta a la década de 1920, cuando el mundo dejaba atrás una guerra absolutamente sangrienta) puede adscribirse a la fascinación que nos invade al admirar al ser –humano o sobrehumano– que es capaz, primero, de superar aquel egoísmo, y después, de ser siempre (aquel anhelo de Unamuno que tantas almas ha desgarrado). Y no nos referimos aquí a la inmortalidad, sino a aquella ambición de la que Aquiles es merecido representante: elegir una muerte temprana en pago de una fama eterna. No importa que sea Batman el que salve Gotham, o que un soldado muera al entregarse a los enemigos con la promesa de salvar a mil de sus compañeros: en todas las historias de superhéroes observamos la superación del egoísmo y la gloria perpetua. En definitiva, el superhéroe no queda en ascuas frente a la presencia de un problema: no delibera, no piensa y olvida, no quiebra su voluntad frente a posibles interferencias. Sólo actúa. Y lo hace a sabiendas de que el hombre es incapaz de resolver la tesitura en la que se halla: poner en orden sus entrañas, es decir, redirigir pensamiento y acción en una única dirección.

Podemos aquí citar alguno de los fragmentos de la Crítica de la razón práctica de Kant. La pregunta “¿qué haría Superman, Batman, Daredevil, etc., si estuviera en mi situación?” ya se prefijó hace más de dos siglos: “La ley moral […] descalifica totalmente la influencia del amor propio sobre el supremo principio práctico e inflige un quebranto inconmensurable a esa vanidad que prescribe como leyes las condiciones subjetivas del amor propio. Y lo que socava nuestra vanidad, a nuestro propio juicio, humilla. Por lo tanto, la ley moral humilla inevitablemente a cualquier ser humano, cuando éste compara con dicha ley la propensión sensible de su naturaleza” (A131-132). ¿A quién le extrañaría cruzarse con Superman mientras, debajo de un gran olmo, lee y estudia a Kant subrayando sus libros con intensidad?

En The Dark Knight Returns (Libro 3), Batman dirige a Clark Kent estas palabras: “Tú siempre dices que sí, a quien veas con una insignia o con una bandera… Nos has vendido, Clark. Les has dado el poder que debería haber sido nuestro. Justo lo que te habían enseñado tus padres. Mis padres me enseñaron otra lección: tirados en esta calle, agitados por la brutal conmoción… muriendo por nada… me enseñaron que el mundo sólo tiene sentido cuando lo obligas”. Esta cita, que en apariencia puede representar nada más que la reaparición del trauma del hombre murciélago, pone de manifiesto una serie de cuestiones reveladoras a la hora de analizar nuestro gusto por los superhéroes.

Los superhéroes presentan como rasgo constitutivamente humano el verse continua y radicalmente avasallado por los problemas que les rodean. Lo importante aquí es hacer hincapié en el “se”, en el cobrar consciencia de que en nuestro hacer nos sentimos -a la vez de nuestro ser bomberos, policías, taquilleros de cine, periodistas, etc.- a la vez, digo, nos sentimos menesterosos: a raíz del hacer surge la pregunta del “por qué”. Por qué hice esto o aquello, por qué él se comporta así, por qué no soy de otra manera, por qué Dios es tan malvado, por qué, por qué, por qué… Aquella menesterosidad viene dada por la necesidad de dar razón de nuestro comportamiento, tanto a nosotros mismos como a los demás. En este sentido, los superhéroes toman la forma de nuestros miedos, de nuestras esperanzas, de nuestras expectativas: la diferencia verdaderamente sustancial entre aquéllos y nosotros es su decisión de actuar, están decididos a formar parte de la forja de su propio destino. Fabrican su propia historia, e incluso pueden ayudar a modelar la de los demás: se toman en serio lo que son. A este respecto, Schopenhauer escribía en uno de sus diarios de juventud (1816): “una naturaleza armónica consigo misma es un hombre que no quiere ser sino como es […]. [L]a mayor contradicción consist[e] en querer ser de otro modo a como uno es”.

Ya antes recordábamos a Aquiles y en general la mitología griega como posible telón de fondo para reinterpretar el papel de los superhéroes en la sociedad actual. Sin embargo, quiero ahora distinguir de manera muy clara dos categorías enteramente diferentes y que suelen dar lugar a equívocos en este contexto: lo “superior” y lo “heroico”. Que un personaje de ficción -e incluso real, si traemos a la memoria a ciertos atletas o genios de la historia- sea superior en algún sentido no quiere decir que por ello haya de ser heroico. La heroicidad ha de conquistarse en múltiples y reiteradas batallas libradas no sólo contra “los malos”, sino con-tra uno mismo: el verdadero héroe saca de sí la fuerza para existir tal y como es, sin inventar artificios ni restando valor a sus obras, lo que nos recuerda al to meson de Aristóteles, al justo término medio que el estagirita establecía siempre con respecto a uno mismo en la Ética a Nicómaco (el valiente lo es en tanto que tal virtud queda establecida entre dos extremos que son representados bajo un mismo respecto, esto es, bajo la consideración de una misma persona; el valiente no lo es sino en relación proporcional a los extremos de la temeridad y la cobardía: tal relación es valedera para un solo hombre, y cada cual habrá de buscar, precisamente y para cada virtud, su justo medio).

Muchos superhéroes (Batman, Superman, Daredevil, Wolverine, Spiderman, etc.) se han convertido en verdaderas instituciones culturales. Ya es hora de que sus historias (las que huelen a tinta y papel) empiecen a tenerse en cuenta no sólo en entornos más o menos freaks o más o menos restringidos: los cómics que cuentan los avatares de estos personajes han de ser tomados en consideración por la sociología, la psicología y la filosofía. ¿Cómo seres que anteponen la necesidad ajena a la propia bajo cualquier circunstancia no han de llamar nuestra atención? A pesar de todo, ocurra lo que ocurra, los superhéroes siempre están ahí, y aunque en diversas ocasiones muchos de ellos se pregunten por qué hacen lo que hacen (puesto que el poder, como hemos dicho, no supone heroicidad), diremos que son sus acciones las que sellan definitivamente sus decisiones (y no los meros pensamientos) a la hora de responder a aquel abismático porqué: la pregunta sobre sí mismos no frena el destino al que se sienten llamados, y actuar de otra manera, entienden, sería tracionar su auténtico ser. Aunque tampoco los meros logros, las acciones aisladas de algún ser con poderes pueden ser consideradas heroicas: aquéllas deben funcionar como la efectiva materialización de alguna noble cualidad, o digamos, virtud. Así, en resumen, podemos decir que la categoría de superhéroe alude indiscutiblemente a la moralidad, a una moralidad contemporánea que quizás se haya perdido: es una instancia moral.

El yo del superhéroe ha dejado de servir a sus propios intereses y se decanta por aprovechar sus características sobrenaturales para ayudar a los que no son sus semejantes. Tal conflicto lo observamos muy bien en los X-Men o en Superman: ya sean mutantes o extraterrestres, tanto aquéllos como éste se sienten distintos a los demás. Desde luego que lo son, pero deciden poner al servicio de la humanidad -y no lo olvidemos, de lo que ésta tiene por justo y bueno- todos sus poderes. Su actitud se halla moralmente cargada en tanto que deciden hacer, sin más. El mundo real, el mundo fáctico, obliga a elegir -recordando a Sartre-, y el superhéroe no es menos. Si la fama y el éxito de los superhéroes sigue vigente es porque sus hazañas hablan de nuestra propia naturaleza, de lo que, sin superpoderes, nos vemos empujados a hacer: escoger entre lo que consideramos bueno y malo. El concepto de superhéroe encierra normatividad; no sólo nos muestra el mundo tal como es, sino que a partir de sus acciones deja ver un plano muy distinto: el de lo que debería ser. Y es que no debería parecernos en absoluto desatinada la sospecha de que en la academia de Charles Xavier estudiaran la Crítica de la razón práctica de Kant…

Carlos Javier González Serrano

La psicología analítica nos ha enseñado que los mitos son las historias del alma. Si queremos comprender la psique occidental, tenemos que estudiar sus mitos


¿Quién no ha sentido nunca una emoción profunda al participar como lector o espectador (a través de la literatura, el cine, el teatro o la televisión) de un relato heroico? ¿Quién, ante esas dramáticas representaciones épicas, no se ha sentido nunca transportado por su eco reverberante hacia las ondas distancias del mito y de los ideales más altos? ¿Quién no se ha identificado nunca con ese héroe, multifacético y perseverante, que bajo todas las formas de la realidad y la ficción, vuelve una y otra vez para inspirarnos?

La figura del héroe, ese individuo extraordinario y semi-divino que lleva a cabo extraordinarias hazañas dotado de virtudes y poderes superiores a los de los simples mortales, es una constante histórica en todas las culturas. Sus primeras historias vivientes, los registros extraordinarios de sus hechos, se remontan a la era mitológica. Zeus, Heracles, Sanson, Aquiles y Lancelot son algunos de los nombres más conocidos que este héroe universal ha llevado desde la lejana era del mito y la leyenda.

Para la mentalidad mítica, pre-lógica y pre-filosófica, el mito no era concebido como una expresión artística del pensamiento o el sentimiento humano ni como una fábula ni como un género de la literatura oral. Como señaló el psicólogo analítico Wolfgang Giegerich: “el hombre no se había vuelto aún un hombre psicológico, no había sitio para la creencia o la fe en lo que los mitos cuentan. El mito era inmediatamente la verdad de la naturaleza y la vida, era el conocimiento de la naturaleza.” En tanto el hombre de las culturas orales no consideraba a su psique como separada de la naturaleza, el mito no era considerado una creación humana y subjetiva, era objetivamente la voz de la naturaleza expresándose a través de los hombres. Porque, en las poéticas palabras del mitólogo Joseph Campbell: “los símbolos de la mitología no son fabricados, no pueden encargarse, inventarse o suprimirse permanentemente. Son productos espontáneos de la psique y cada uno lleva dentro de sí mismo la fuerza germinal de su fuente.”

No fue hasta la invención de la escritura que las mitologías orales comenzaron a “registrarse” y sistematizarse, convirtiéndose en obras narrativas definidas, propias de un autor. Los mitos siguieron recreándose a partir de la épica y el teatro, pero su estatus de “verdad” objetiva fue siendo gradualmente sustituido por la filosofía racional. La introducción del nuevo medio de comunicación basado en el ordenamiento y la abstracción (la escritura), favoreció el surgimiento paulatino de una nueva forma de pensar: el Logos. La escritura daría lugar a la lógica, las matemáticas y la ciencia empírica, desplazando poco a poco al mito como sistema de significación colectiva.

Para la antropología clásica del siglo XIX, el “mito” como tal se extinguió cuando la mentalidad mítica de las culturas orales fue reemplazada por la mentalidad filosófico/racional de las culturas basadas en la escritura. Sin embargo, los estudios sobre hermenéutica simbólica encabezados principalmente por Carl Gustav Jung y Mircea Eliade durante la primera mitad del siglo XX comenzaron a revelar un enfoque muy diferente sobre el mito. La razón de que los relatos míticos e imaginativos nunca hayan dejado de representarse a la consciencia humana a pesar del desarrollo de la filosofía y de la ciencia, comprendió Jung, residía en que existe en estos relatos un valor simbólico – no literal – que constituye un alimento indispensable para la cultura. Fundamentalmente, la psicología junguiana había puesto al descubierto como los motivos esenciales de los mitos ancestrales constituían una serie de núcleos de sentido recurrentes que de ningún modo habían agotado sus representaciones en el mito primordial, sino que han seguido manifestándose como motivos esenciales de todas las expresiones humanas, de todas las culturas y de todos los tiempos, tanto en la religión, como en la literatura, tanto en la filosofía como en los sueños del hombre moderno. A estos motivos esenciales, Jung denominó arquetipos, las estructuras o moldes simbólicos fundamentales de la psique.

Aunque los arquetipos en si mismos son irrepresentables, se manifiestan en la cultura a través de símbolos (imágenes y mitos) cambiantes, vistiéndose con la imagineria de la época y de la psique individual en la que emergen. El mito es, así, la versión narrativa de un símbolo arquetípico. Esto es, todo relato que posea una profunda significación simbólica para la consciencia. El poder del mito reside precisamente en la significación simbólica que contiene, en su capacidad de resonar en nosotros emocionalmente, de dar sentido a nivel colectivo. Un mito es, diría Jung, el resplandeciente disfraz de un arquetipo.

A través de sus imaginativas fantasías, el mito está expresando metafóricamente las realidades arquetipales de la psique, así como las dramáticas relaciones arquetipales que son significativas para la cultura y el momento histórico en que este se manifiesta y cobra forma. Pues es la existencia de estos arquetipos lo que hace que las fantasías más inverosímiles del mito sean sin embargo significativas para nuestra consciencia, ya que el arquetipo convierte a todo mito y a toda mitología en símbolos de una realidad interior, metáforas de una realidad psíquica. La psicoterapeuta junguiana Francis Vaughan definió a los mitos como “sueños colectivos que reflejan la condición humana” (Sombras de lo Sagrado, 1996). En otras palabras, imágenes del alma.

Por esta razón, como explicó Campbell, estos sistemas míticos de significación colectiva que antes se manifestaban en la consciencia, al ser reemplazados por la forma lógica de ver el mundo, no fueron, de hecho, anulados, sino que siguieron manifestándose en el inconsciente, que es su matriz y su fuente, tomando forma en los sueños del ser humano, y manifestándose en su vida consciente a través de su expresión estética y simbólica: el arte. El surgimiento de conceptos seculares tales como “poesía”, “literatura” y “ficción” serían metáforas sociales aceptables para seguir expresando y recreando simbólicamente los motivos arquetipales del inconsciente de una forma que fuera admisible para el literalismo de la consciencia racional, al que tan difícil le es comprender y aceptar las realidades simbólicas de la psique. Vistos bajo esta luz, los mitos dejan de ser, como los imaginó la antropología clásica, esos relatos de tiempos primitivos y supersticiosos que hoy en día consumimos raramente como piezas de ficción para revivir en nuestra consciencia como un autentico y resplandeciente panteón de símbolos.


Uno de los arquetipos principales descubiertos por Jung es el del Héroe, y una de sus manifestaciones mitológicas más populares de los últimos setenta años es la de los superhéroes. Las historias de superhéroes no han dejado de multiplicarse desde que el primero de ellos, Superman, viera su aparición en Action Comics en 1938. Desde entonces, los héroes enfundados en llamativas vestimentas, dotados de poderes celestiales y armados de elevadas virtudes morales, no han dejado de vivir aventuras interminables tanto en la imaginación de la sociedad moderna como en prácticamente todas las formas de representación estética: historieta, animación, cine, radio, televisión, teatro, incluso literatura, y su notable influencia como fenómeno cultural no parece estar disminuyendo con el tiempo, sino por el contrario, parece estar creciendo. Hoy en día, los superhéroes parecen estar más vivos que nunca, sino tanto en las clásicas viñetas que los vieron nacer como en el cine, cuyas adaptaciones se han convertido, en los últimos años, en la mayoría de los estrenos cinematográficos más taquilleros del mundo, convocando al público de todas las edades para presenciar sus aventuras durante múltiples secuelas. 

Chris Claremont, el clásico guionista de los X-Men de los 80, fue el primero en decirlo: “los superhéroes quizá son la mitología de Estados Unidos, cuyos héroes -David Crokett, Buffalo Bili, G. A. Custer- y gestas más antiguas no tienen mas de 200 o 300 años. Estados Unidos no tiene una mitología propia. Escandinavia tiene sus sagas y leyendas, Germania su épica, España tiene al Cid. Nosotros no tenemos héroes mitológicos, nuestros héroes son muy jóvenes aún”.

Sin embargo, si los superhéroes tuvieron sus cunas en el gran país del norte, su influencia pronto se trasladaría con fuerza prácticamente a todo Occidente, sin perder su poder de fascinación en otras regiones y contextos. ¿Podemos afirmar que semejante influencia se explique meramente por el imperialismo cultural norteamericano o por los rasgos actuales de la cultura moderna, enajenada por el consumo de productos visuales sorprendentes, y por el escape al mundo de la fantasía y del espectáculo sin sentido? ¿O deberíamos suponer que la relevancia de estos personajes y estas figuras es tal porque tienen un sentido para nuestra cultura, porque, pese a todos sus simbolismos locales, parecen resonar en una universalidad de contextos?


Guillermo del Toro, responsable de las dos adaptaciones cinematográficas de Hellboy, sostiene algo muy similar a esto: “El mundo necesita una nueva mitología, y ésa es la de los superhéroes… Hay una demanda de una mitología fresca y aceptable para los jóvenes. El superhéroe representa al Aquiles, al Héctor de nuestros días”. El hecho de que aparezcan cada vez más películas de superhéroes no se debe, sostiene del Toro, a una falta de imaginación, sino a “la necesidad de crear ficción en un mundo que progresivamente se olvida del aspecto espiritual, que no cree en la magia ni en las cosas abstractas y sólo en lo material y en lo inmediato… Este es un período política y humanamente muy desconcertante, en el que se ha producido un serio retroceso en la línea ética de la humanidad como especie y se requiere de un replanteamiento de la existencia en términos heroicos”.

A los ojos de la psicología arquetipal, podríamos decir que el mito del superhéroe, con una subjetividad cultural en parte norteamericana y en parte intrínsecamente posmoderna y transcultural, se presenta actualmente como el símbolo más fuerte del arquetipo del héroe. No es una audacia suponer que el simbolismo arquetípico de los superhéroes es a fin de cuentas lo que hizo que lleguen a ser tan populares y que de a poco hayan ido abriéndose camino más allá de las páginas de las historietas y convertido, en el mundo de la imagen y de los productos culturales, en una forma colectiva de mitología moderna.

Al igual que el mito, que se va constituyendo con diferentes versiones contadas de la misma historia, que va mutando y cambiando pero siempre manteniendo su motivos esenciales, esto ha tenido lugar también en los personajes del comics, muchos de los cuales han ido desarrollándose y adquiriendo el carácter de cada época, llegando a redescubrirse y reinventarse a si mismos, como si, en palabras del mitólogo Joseph Campbell, “la fuerza germinal de su fuente” fuera inagotable. Desde sus versiones más sencillas, ingenuas o infantiles hasta las que han expresado temas de gran complejidad y profundidad humanos, los superhéroes han desafiado los prejuicios de su género y se han abierto camino a la consciencia popular por la propia fuerza de su valor simbólico. La última película de Batman, The Dark Knight, de Christopher Nolan, ha entrado en la lista de films que más dinero han recaudado en la historia del cine, y ha sido aclamada de manera general tanto por el público como por la crítica como una autentica “tragedia moderna”, elevando el listón para las futuras representaciones de estos personajes, demostrando que sus elementos esenciales siguen siendo tan significativos hoy para nosotros como lo fueron ayer y como probablemente lo serán siempre. 

En la segunda parte de este ensayo exploraremos la estructura simbólica del arquetipo del héroe, y veremos cuan plenamente esta se actualiza en los modernos relatos de superhéroes partiendo del primero de todos ellos, padre y modelo de la extensa cadena de héroes y heroínas que vendrían detrás de él: Superman, el Hombre de Acero. 

Patrick Harpur, El Fuego Secreto de los Filósofos.

http://pijamasurf.com/2012/02/superheroes-y-mitologia-moderna-primera-parte-mitos-y-vinetas/
http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/06/130529_andrea_letamendi_psicologa_superheroes_finde