30 de abril de 2016

Mecanismos de defensa - 10 maneras de no afrontar la realidad

Los mecanismos básicos mediante los que se niega o encubre la realidad, según la teoría freudiana.

Mecanismos de defensa: 10 maneras de no afrontar la realidad


En el artículo  "Sigmund Freud: vida y obra del célebre psicoanalista" comentábamos que la función del yo es satisfacer los impulsos del ello y no ofender el carácter moral del superyó, mientras se valora la realidad. Esto no es tarea fácil, y Freud describe que el yo utiliza mecanismos para manejar los conflictos entre estas instancias psíquicas.
Los mecanismos de defensa, por tanto, son procedimientos que mantienen el equilibrio psicológico de manera inconsciente para enfrentar la angustia o ansiedad asociada a la expresión consciente de una representación pulsional (sexual o agresiva), a la transgresión del código moral, o a un peligro real externo.

Los mecanismos de defensa en el psicoanálisis 

Los mecanismos de defensa son modos incorrectos de resolver el conflicto psicológico y pueden dar lugar a  trastornos en la mente, la conducta y, en los casos más extremos, a la somatización del conflicto psicológico que lo causa.
A continuación os presentamos los diez principales mecanismos de defensa descritos en las teorías del psicoanálisis.

1. Desplazamiento 

Se refiere a la redirección de un impulso (habitualmente una agresión) hacia una persona o un objeto. Por ejemplo, alguien que se siente frustrado con su jefe y le suelta una patada a su perro, o a un mueble. Nos encontramos en este caso ante un mecanismo de defensa: como no nos es posible golpear al jefe porque nos despediría del trabajo, desplazamos el objeto de nuestra ira hacia cualquier otro ser u objeto.

2. Sublimación 

Es similar al desplazamiento, pero el impulso se canaliza hacia una forma más aceptable. Una pulsión sexual se sublima hacia una finalidad no sexual, apuntando a objetos valorados positivamente por la sociedad, como la actividad artística, la actividad física o la investigación intelectual.

3. Represión 

Es el mecanismo que Sigmund Freud descubrió primero. Hace referencia al proceso por el cual el yo borra eventos y pensamientos que serían dolorosos si se mantuvieran en el nivel consciente, ya que la satisfacción de la pulsión reprimida resulta inconciliable con otras exigencias del superyó o de la realidad.

4. Proyección 

Hace referencia a la tendencia de los individuos a atribuir (proyectar) sus propios pensamientos, motivos o sentimientos hacia otra persona. Las proyecciones más comunes pueden ser comportamientos agresivos que provocan un sentimiento de culpa, y fantasías o pensamientos sexuales socialmente no aceptados. Por ejemplo, una chica odia a su compañera de piso, pero el superyó le dice que eso es inaceptable. Puede resolver el problema pensando que es la otra persona la que le odia a ella.

5. Negación 

Es el mecanismo por el cual el sujeto bloquea eventos externos para que no formen parte de la consciencia y, por tanto, trata aspectos evidentes de la realidad como si no existieran. Por ejemplo, un fumador que niega que fumar puede provocar serios problemas para su salud. Negando estos efectos nocivos del tabaco, puede tolerar mejor su hábito, naturalizándolo.

6. Regresión 

Hace referencia a cualquier retroceso a situaciones o hábitos anteriores, un retorno a los patrones de comportamiento inmaduro. Por ejemplo, un adolescente al que no se le permite irse un fin de semana a casa de un amigo y reacciona con un berrinche y grita delante de sus padres, como si fuera un niño de menor edad.

7. Formación reactiva 

Los impulsos no solo se reprimen sino que, además, se controlan exagerando el comportamiento opuesto. Es decir, que se detiene la aparición de un pensamiento doloroso sustituyéndolo por otro más agradable. Por ejemplo, una persona que está muy enfadada con un amigo, pero le dice que está todo correcto para evitar la discusión.

8. Aislamiento 

Es un mecanismo por el cual se divorcian los recuerdos de los sentimientos, como una forma de soportar y tolerar mejor los hechos y la realidad. Se separa una idea intolerable para el yo de las emociones que produce, así permanece en la consciencia de forma debilitada. Por ejemplo, relatar un episodio traumático con total normalidad, igual que si se hablara del tiempo o de cualquier otro asunto trivial.

9. Condensación 

Es un mecanismo por el cual ciertos elementos del inconsciente (contenido latente) se reúnen en una sola imagen u objeto durante el sueño. Consiste en la concentración de varios significados en un único símbolo. El proceso de condensación hace que el relato del contenido manifiesto sea mucho más breve que la descripción del contenido latente. Es un término que surge de las explicaciones psicoanalíticas que dan cuenta de la creación de los sueños.

10. Racionalización 

En la racionalización se sustituye una razón real que no es aceptable, por otra que resulte aceptable. Es decir, se cambia la perspectiva de la realidad a través de ofrecer una explicación diferente. Por ejemplo, una mujer se enamora perdidamente de un hombre, e inician una relación. Al cabo de un mes de empezar el noviazgo, el hombre rompe la relación porque considera que la mujer tiene una autoconfianza muy baja y no le deja respirar. Pese a que la mujer lleva tres fracasos amorosos consecutivos por la misma razón, concluye: “ya sabía que este hombre era un perdedor”, o bien "desde el primer momento supe que este hombre no me convenía".

Jonathan García AllenPsicólogo y entrenador personal | Director de comunicación de Psicología y Mente

Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad - 10 rasgos característicos

Las causas y los diez rasgos característicos de esta psicopatología.

Existen distintos tipos de trastornos de la personalidad, uno de ellos es el trastorno pasivo-agresivo (también llamado trastorno de la personalidad negativista). Se caracteriza porque estas personas se resisten a los requerimientos externos, es decir, a las demandas de los demás, con expresiones como el obstruccionismo, la dilación, la terquedad o el olvido, combinado con actitudes negativas y derrotistas.
Este tipo de comportamiento persiste incluso cuando es posible mostrar un comportamiento distinto y más efectivo. Las personas con este tipo de trastorno de personalidad son manipuladoras y son dependientes de los demás, por lo que se muestran como pesimistas y resentidas.

Causas del Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad

Las causas exactas del este trastorno de la personalidad no se conocen con certeza. Aunque los expertos afirman que el origen se encuentra tanto en factores biológicos como ambientales.
Los investigadores piensan que las personas que muestran comportamientos pasivo-agresivos, ya suelen los expresarlos en la infancia. El estilo parental de sus progenitores, las dinámicas familiares y otras influencias de la infancia pueden contribuir al desarrollo de este trastorno de la personalidad. El abuso durante esta etapa vital o los castigos severos, el abuso de sustancias psicoactivas en la adolescencia o la baja autoestima también pueden fomentar el desarrollo de comportamientos pasivo-agresivos.
Es importante mencionar que otras condiciones de salud psicológica pueden parecer comportamientos pasivo-agresivos, por lo es necesario tenerlo en cuenta a la hora de hacer un diagnóstico correcto de este trastorno de la personalidad. Por ejemplo:

Síntomas del Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad

La personas con este trastorno suelen mostrar una desconexión entre lo que dicen y lo que hacen. Su comportamiento provoca el enfado tanto de las personas cercanas a ellas como de los extraños.
Los síntomas de este trastorno incluyen:
  • Criticar o protestar frecuentemente sobre los demás
  • Ser desagradables o irritables
  • Ser olvidadizos e irrespetuosos con los demás
  • Realizar las tareas de manera insuficiente
  • Actuar de forma hostil o cínica
  • Actuar de manera obstinada
  • Culpar a los demás aunque sea su culpa
  • Quejarse de nos ser apreciado
  • Mostrar resentimiento y malhumor
  • Temer a la autoridad
  • Rechazar las sugerencias de otros

Tratamiento del Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad

Si sufres este trastorno, debes ser tratado lo antes posible pues afecta de manera directa a tus relaciones interpersonales. Por suerte, es posible encontrar ayuda en los profesionales de la salud psicológica. Si crees que puedes estar sufriendo este trastorno es necesario que lo comentes a tus familiares y a tu médico de cabecera, para que después puedas acudir a un profesional de la psicología especializado en este tipo de trastornos.
El psicoterapeuta puede ayudarte a identificar los comportamientos pasivo-agresivos que llevas a cabo, y así enseñarte a conseguir un comportamiento más adaptativo y que te cause menos sufrimiento. Los psicólogos pueden ayudarte a gestionar tu enfado, el resentimiento o la baja autoestima que pueden estar contribuyendo a que sufras este tipo de trastorno de la personalidad.

¿Qué hacer si sufro Trastorno Pasivo-Agresivo? Pautas y consejos

Además, pueden enseñarte estrategias de afrontamiento efectivas, como por ejemplo, que puedas ver la situación de manera objetiva y puedas solucionar los problemas de la manera más sana posible. El entrenamiento en asertividad también puede ayudarte a manejar el comportamiento pasivo-agresivo, para que puedas expresar tus pensamientos y tus inquietudes de manera efectiva, lo que reduce el comportamiento negativo causado por la ira y la frustración.
Pero además de acudir en busca de ayuda psicológica, también puedes hacer otras cosas por tu cuenta. Son las siguientes:
  • Identificar las posibles razones por las que te comportas de esta manera
  • Pensar antes de actuar
  • Calmarte a ti mismo antes de reaccionar a las situaciones que te afectan
  • Ser optimista
  • Ser honesto con los demás y expresar tus sentimientos de manera sana
  • Ser consciente de tu comportamiento

Cómo saber si sufro el Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad: 12 claves para detectarlo

¿Pero cómo saber si sufres el Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad?Además de que la gente por lo general no quiera acercarse a ti, existen distintas señales que pueden ayudarte a detectarlo.

1. Te muestras huraño

No dices la verdad abiertamente, con amabilidad y honestidad cuando te preguntan por tu opinión o cuando te piden que hagas algo por alguien. Además sueles comprometerte con otras personas cuando quieres decir no, lo que provoca confusión y conflictos con otros individuos.

2. Doble cara

Aparentas ser dulce, obediente y agradable, pero en el fondo estás resentido, enfadado y sientes una gran envidia. Vives con estos dos extremos, y esto provoca que las personas que están a tu alrededor estén confundidas y enojadas.

3. Dependencia emocional

Tienes miedo a estar solo y ser dependiente. Te cuesta tener una comunicación directa, y, ante un conflicto de pareja, sueles expresar: "Te odio” “No me dejes”. Este caparazón que te pones no es nada más que la inseguridad y el miedo al rechazo. Con esta actitud puedes distanciar a las personas que se preocupan por ti y a las que importas, pues suele parecer que no quieres apoyo. En vez de mostrarte abierto, te cierras en banda y te vuelves impenetrable.

4. Responsabilizas a los demás

Frecuentemente te quejas de que los demás te tratan de manera injusta. En vez de responsabilizarte de lo que haces mal, asumirlo e intentar cambiar, prefieres hacerte la víctima. Sueles decir que los demás son demasiado duros contigo o te piden demasiado.

5. Procrastinación

Procrastinas de manera habitual, especialmente cuando has de hacer cosas por otros. Siempre tienes una excusa por la que no has sido capaz de hacer las cosas. Incluso puedes culpar a los demás cuando el culpable eres tú. Así destrozas relaciones y pierdes amistades.

6. Te comunicas mediante indirectas

No das respuestas directas. Esta es otra manera por la que la gente con la que estás a menudo se puede sentir ofendida. Y es que, en vez de dar respuestas directas, envías siempre mensajes confusos sobre tus pensamientos, tus planes o tus intenciones.

7. Estás de mal humor

Sueles mostrarte enfurruñado y pones mala cara. Te quejas de que los demás no te comprenden y carecen de empatía cuando esperan que estés a la altura de tus promesas, obligaciones o deberes. En realidad, eres tú el que te comprometes y luego no cumples.

8. Falta de deferencia hacia los demás

Sueles llegar tarde y eres olvidadizo. Una de las razones por las que te cuesta entablar relaciones con los demás es porque eres desconsiderado. Por lo que no te tomas en serio el ser respetuoso con los pactos que llevas a cabo. Eso incluye llegar tarde cuando has quedado con alguien.

9. Mientes con frecuencia

Te inventas historias, excusas y mentiras. Eres el maestro de la evasión de la respuesta directa, siempre tienes que tener alguna frase para distraer la atención de los demás cuando te piden explicaciones. Esto te lleva a contar una historia o manipular la información. Prefieres tenerlo todo bajo control mediante la creación de mentiras. 

10. Ocultas tus inseguridades

Constantemente te proteges a ti mismo para que nadie sepa cuánto miedo tienes de ser imperfecto, dependiente o simplemente humano.

Juan Armando CorbinPsicólogo de las organizaciones

Ser amable mejora tu estado de ánimo y aumenta tus niveles de dopamina


Si estás llegando tarde al trabajo, te cortaron el cabello demasiado corto o accidentalmente te duele la cabeza, posiblemente no te sientas muy bien. Aunque es sencillo autocompadecerse de uno mismo y darse un gusto yendo de compras, eso no te va a hacer sentir mejor. Científicos de la Universidad de South, sugieren que los actos de amabilidad mejoran tu humor y tu bienestar general más que la terapia de las compras.
El estudio, dirigido por la Dra. Katherine Nelson, incluyó a 473 participantes y tuvo una duración de 6 semanas. Los investigadores buscaron comparar el comportamiento prosocial – practicar actos de amabilidad hacia otros o hacia el mundo – con la conducta orientada a uno mismo (o ser amable con uno mismo).
Se dividió a los participantes en cuatro grupos: al primer grupo se le pidió que realizara actos de amabilidad que ayudaran al mundo (como recoger basura); el segundo realizó actos de amabilidad hacia otras personas (como comprarle café a un amigo o cocinarle a alguien); los sujetos que conformaban el tercer grupo dirigieron los actos de amabilidad hacia sí mismos (tomarse un día libre o ejercitar más); y, por último, el cuarto grupo no alteró su rutina diaria.
Antes del experimento y seis semanas después, los participantes rellenaron un cuestionario que evaluaba su bienestar psicológico, emocional y social. También se les pidió reportar sus emociones negativas y positivas semanalmente, por el tiempo que duró el estudio.
Se observó que los participantes que realizaban actos de amabilidad destinados a otros o a ayudar al mundo, eran más propensos a reportar sentirse felices o experimentar mejoras en su estado de ánimo que el grupo control y el grupo de sujetos que fueron amables con ellos mismos. Estos últimos no vieron mejoras en su bienestar o emociones positivas.
“Las personas podrían sentir más emociones positivas y por ende mejor salud psicológica porque, al ser amables con otros, nutren las relaciones sociales o pueden sentir mayor orgullo de ellos mismos por hacer algo bueno”, opinó Nelson.
Realizar actos de amabilidad ayuda a mejorar tu salud psicológica al activar la liberación de dopamina, el neurotransmisor que nos hace sentir bien. Simplemente estar motivados por la generosidad puede beneficiarnos tanto como beneficia a aquellas personas que reciben nuestra ayuda.
Otro estudio similar también encontró que ayudar a otros mejora nuestras emociones, nuestro bienestar general y nuestra salud mental, incluyendo nuestra respuesta al estrés y sus efectos negativos.
Estos hallazgos nos pueden dar un enfoque de trabajo interesante en salud mental, los actos de amabilidad hacia otros pueden ayudar a los pacientes a poner el foco de su atención en otros y alejarla de sí mismos. Las buenas acciones pueden prevenir la manifestación de sentimientos negativos.
Aunque este estudio nos habla de los beneficios de hacer cosas buenas por otros, esto no quiere decir que no deberíamos consentirnos de vez en cuando, pero es bueno recordar que la mayor satisfacción la obtenemos cuando somos amables y solidarios con los demás.
Alejandra Alonso

Licenciada en Psicología, editora y miembro fundador de Psyciencia.com. Me interesan la psicología infantil, el psicodiagnóstico y las neurociencias.

Shakespeare en la selva

Justo antes de partir de Oxford hacia territorio Tiv, en África Occidental, mantuve una conversación en torno a la programación de la temporada en Straford. “Vosotros los americanos”, dijo un amigo “soléis tener problemas con Shakespeare. Después de todo, era un poe-ta muy inglés, y uno puede fácilmente malinterpretar lo universal cuando no ha entendido lo particular.” 

Yo repliqué que la naturaleza humana es bastante si-milar en todo el mundo; al menos, la trama y los temas de las grandes tragedias resultarían siempre claros –en todas partes–, aunque acaso algunos detalles relacionados con costumbres determinadas tuvieran que ser explicados y las dificultades de traducción pudieran provocar algunos leves cambios. Con el ánimo de cerrar una discusión que no había posibilidad de concluir, mi amigo me regaló un ejemplar de Hamlet para que lo estudiara en la selva africana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmente sobre el entorno primitivo, y quizá, por vía de la prolonada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpretación correcta. 

Era mi segundo viaje de campo a esa tribu africana, y me encontraba dispuesta para establecerme en una de las zonas más remotas de su territorio –un área difícil de cruzar incluso a pie. Al final me situé en una colina que pertenecía a un anciano venerable, cabeza de una explo-tación doméstica de unas ciento cuarenta personas, todos ellos parientes próximos de él, o bien mujeres e hijos suyos. Al igual que otros ancianos en los alrededores, pasaba la mayor parte de su tiempo ejecutando ceremonias de las que apenas pueden verse hoy día en zonas de la tribu que son de más fácil acceso. Yo estaba encantada. Pronto vendrían tres meses de ocio y aislamiento forzosos, entre las cosecha que tiene lugar antes de la época de las crecidas y el desbroce de nuevos campos tras la retirada del agua. Entonces, pensaba yo, tendrían más tiempo para ejecutar ceremonias y para explicármelas a mí. 

Estaba muy equivocada. La mayoría de las ceremonias exigía la presencia de los hombres más viejos de varios poblados. Cuando las inundaciones comenzaron, a los ancianos les resultaba demasiado difícil ir caminando de un poblado a otro, y las ceremonias fueron cesando poco a poco. Cuando las inundaciones se hicieron intensas, toda actividad quedó paralizada, con una sola excepción. Las mujeres preparaban cerveza de mijo y maíz, y hombres, mujeres y niños se sentaban en sus colinas a beberla. 

Empezaban a beber al alba. A media mañana el poblado entero estaba cantando, bailando y tocando los tambores. Cuando llovía, la gente se tenía que sentar en el interior de las chozas, donde o bien bebían y cantaban, o bien bebían y contaban historias. En cualquier caso, al mediodía o antes yo ya me veía obligada a unirme a la fiesta, o si no, a retirarme a mi propia choza con mis libros. “No se discuten asuntos serios cuando hay cerveza. Ven, bebe con nosotros”. Dado que yo carecía de su capacidad para aquella espesa cerveza nativa, cada vez pasaba más y más tiempo con Hamlet. La gracia descendió sobre mí antes de que acabara el segundo mes. Estaba segura de que Hamlet tenía una sola interpretación posible, y de que ésta era universalmente obvia. 

Con la esperanza de tener alguna conversación seria antes de la fiesta de cerveza, solía acudir a chozas de recepciones del anciano –un círculo de postes con un techado de bardas y un murete de barro para guarecerse del viento y la lluvia. Un día, al traspasar agachada el bajo umbral, me encontré con la mayoría de los hombres del poblado allí apiñados, con su raída vestimenta, sentados en tabu-retes, esteras y mecedoras, al calor de una fogata humeante al amparo de la destemplanza de la lluvia. En el medio había tres cuencos de cerveza. La fiesta había comenzado. 

El anciano me saludó cordialmente, “ Siéntate y bebe”. Acepté una gran calabaza llena de cerveza, me serví un poco en un pequeño recipiente y lo apuré de un solo trago. Entonces serví algo más en el mismo cuenco al hombre que seguía en edad a mi anfitrión, y pasé la calabaza a un joven para que el reparto continuara. La gente importante no debe tener que servirse a sí misma.

“Es mejor así”, dijo el anciano, mirándome con aprobación y quitándome del pelo una brizna de paja. “Deberías sentarse a beber con nosotros más a menudo. Tus criados me cuentan que cuando no estás en nuestra compañía, te quedas dentro de tu choza mirando un papel”. 

El anciano conocía cuatro tipos de “papeles”: recibos de los impuestos, recibos por el precio de la novia, recibos por gastos de cortejo, y cartas. El mensajero que le traía las cartas del jefe usaba más que nada como emblema de su cargo, dado que siempre conocía lo que éstas decían y se lo relataba al anciano, Las cartas personales de los pocos que tenían algún pariente en puestos del gobierno o las misiones eran guardadas hasta que alguien iba a un gran mer-cado donde hubiera un escribano que las leyera. A partir de mi llegada, me las traían a mí. Algunos hombres tam-bién me trajeron, en privado, recibos por el precio de la novia, pidiendo que cambiara los números por sumas más altas. No venían al caso los argumentos morales, puesto que en las relaciones con la parentela política esto es juego limpio, y además resulta difícil de explicar a gentes ágrafas los avatares técnicos de la falsificación. Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápida-mente que mi “papel” era una de las “cosas antiguas” de mi país. 

“Ah”, dijo el anciano. “Cuéntanos”. 

Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad: son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad, “tendrás que explicar lo que no entendemos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible. 

El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mi relato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que encenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sentaron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado: “Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió una cosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en las afueras del poblado del gran jefe, cuando de repente vieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe”. 

-¿Por qué no era ya su jefe? 
-Había muerto –expliqué– es por eso por lo que se asustaron y se preocuparon al verle. 
-Imposible –comenzó uno de los ancianos, pasando la pipa a su vecino, quien lo interrumpió. -Por supuesto que no era el jefe muerto. Era un presagio enviado por un brujo. Continúa. 

Ligeramente importunada, continué. 

-Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas –la traducción más cercana a estudioso, pero por desgracia también significa brujo. El segundo anciano miró al pri-mero con cara de triunfo-. De modo que habló al jefe muerto, diciéndole: ‘Cuéntanos qué debemos hacer para que puedas descansar en tu tumba’, pero el jefe muerto no respondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. En-tonces el hombre que sabía cosas –su nombre era Horacio– dijo que aquello era asunto para el hijo del jefe muerto, Hamlet. 

Hubo un sacudir de cabezas general dentro del corro: “¿El jefe muerto no tenía hermanos vivos. ¿O es que el hijo era jefe?” 

-No –repliqué–. Esto es, tenía un hermano vivo que se convirtió en jefe cuando el hermano mayor murió. 

Los ancianos murmuraron entre dientes: tales presa-gios son asunto para jefes y ancianos, no para jóvenes; ningún bien puede venir de hacer las cosas a espaldas del jefe; evidentemente, Horacio no era un hombre que supiera cosas. 

-Sí que lo era –insistí tratando de apartar un pollo lejos de mi cerveza. En nuestro país el hijo sucede al padre. El hermano menor del jefe muerto se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral. 

-Hizo bien –exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás: –Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como noso-tros. En nuestro país –añadió dirigiéndose a mí– también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos. Ahora bien, si tu tío, casado con tu madre viuda, es plenamente el hermano de tu padre, entonces también será un verdadero padre para ti. ¿Tenían el padre y el tío de Hamlet la misma madre? 

Esta pregunta no penetró apenas en mi mente; estaba demasiado contrariada por haber dejado a uno de los elementos más importantes de Hamlet fuera de combate. Sin demasiada convicción dije que creía que tenían la misma madre, pero que no estaba segura –la historia no lo decía. El anciano me replicó con severidad que esos detalles gnealógicos cambian mucho las cosas, y que cuando vol-viese a casa debía de consultar sobre ello a mis mayores. A continuación llamó a voces a una de sus esposas más jó-venes para que le trajera su bolsa de piel de cabra.

Determinada a salvar lo que pudiera del tema de la madre, respiré profundo y empecé de nuevo: “El hijo Hamlet estaba muy triste de que su madre se hubiera vuelto a casar tan pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo, y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo”. 

-Dos años es demasiado –objetó la mujer, que acababa de hacer aparición con la desgastada bolsa de piel de cabra-. ¿Quién labrará tus campos mientras estés sin marido? 

-Hamlet –repliqué sin pensármelo– era lo bastante mayor como para labrar las tierras de su madre por sí mismo. Ella no precisaba volverse a casar. –Nadie parecía convencido y renuncié–. Su madre y el gran jefe dijeron a Hamlet que no estuviera triste, porque el gran jefe mismo sería un padre para él. Es más, Hamlet habría de ser el próximo jefe, y por tanto debía quedarse allí para aprender todas las cosas propias de un jefe. Hamlet aceptó quedarse, y todos los demás se marcharon a beber cerveza. 

Hice una pausa, perpleja ante cómo presentar el disgustado soliloquio de Hamlet a una audiencia que se ha-llaba convencida de que Claudio y Gertrudis habían actuado de la mejor manera posible. Entonces uno de los más jóvenes me preguntó quién se había casado con las restantes esposas del jefe muerto. 

-No tenía más esposas –le contesté. 

-¡Pero un gran jefe debe tener muchas esposas! ¿Cómo podría si no servir cerveza y preparar comida para todos sus invitados? 

Respondí con firmeza que en nuestro país hasta los jefes tienen una sola mujer, que tienen criados que les hacen el trabajo y que pagan a éstos con el dinero de los impuestos.” 

De nuevo repicaron que para un jefe es mejor tener muchas esposas e hijos que le ayuden a labrar sus campos y alimentar a su gente; así todos aman a aquel jefe que da mucho y no toma nada. -Los impuestos son mala cosa. 

Aunque estuviera de acuerdo con este último comentario, el resto formaba parte de su modo favorito de rebajar mis argumentos. -Así es como hay que hacer, y así es como lo hacemos. 

Decidí saltarme el soliloquio. Ahora bien, incluso si pudiera estar bien visto el que Claudio se casara con la esposa de su hermano, aún quedaba el asunto del veneno. 

Estaba segura de que desaprobarían el fratricidio, de manera que continué más esperanzada: -Esa noche Hamlet se quedó vigilando junto a los tres que habían visto a su difunto padre. El jefe muerto apareció de nuevo, y aunque los demás tuvieron miedo, Hamlet le siguió a un lugar aparte. Cuando estuvieron solos, el padre muerto habló. 

-¡Los presagios no hablan! –el anciano era tajante. -El difunto padre de Hamlet no era un presagio. Al 
verlo podría parecer que era un presagio, pero no lo era –mi audiencia parecía estar tan confusa como lo estaba yo. -Era de verdad el padre muerto de Hamlet, lo que nosotros llamamos un “fantasma”. –Tuve que usar la palabra inglesa, puesto que estas gentes, a diferencia de muchas de las tribus vecinas, no creían en la supervivencia de ningún aspecto individualizado de la personalidad después de la muerte. 

-¿Qué es un ‘fantasma’? ¿Un presagio? 

-No, un ‘fantasma’ es alguien que ha muerto, pero que anda vagando y es capaz de hablar, y la gente lo puede ver y oír, aunque no tocarlo. 

Ellos replicaron -A los zombis se les puede tocar. -¡No, no! No se trataba de un cadáver que los brujos 
hubieran animado para sacrificarlo y comérselo. Al padre muerto de Hamlet no lo hacía andar nadie. Andaba por sí mismo. 

-Los muertos no andan –protestó mi audiencia como un solo hombre. 

Yo trataba de llegar a un compromiso. -Un ‘fantasma’ es la sombra del muerto. 

Pero de nuevo objetaron: -Los muertos no tienen sombra. 

-En mi país sí que la tienen –espeté. 

El anciano aplacó el rumor de incredulidad que inme-diatamente se había levantado, y concedió con esa aquies-cencia insincera, pero cortés, con que se dejan pasar las fantasías de los jóvenes, los ignorantes y los supersticiosos. -Sin duda, en tu país los muertos también pueden andar sin ser zombis. –Del fondo de su bolsa extrajo un pedazo de nuez de cola seca, mordió uno de sus extremos para mostrar que no estaba envenenado, y me lo ofreció como regalo de paz. 

-Sea como sea –retomé la narración– el difunto padre de Hamlet dijo que su propio hermano, el que luego se convirtió en jefe, lo había envenenado. Quería que Hamlet lo vengara. Hamlet creyó esto de corazón, porque aborrecía al hermano de su padre. –Tomé otro trago de cerveza. En el país del gran jefe, viviendo en su mismo poblado, que era muy grande, había un importante anciano que a menudo estaba a su lado para aconsejarle y ayudarle. Se llamaba Polonio. Hamlet cortejaba a su hija, pero el padre y el hermano de ella… –aquí busqué precipitada-mente alguna analogía tribal– le advirtieron que no permitiera a Hamlet visitarla cuando estaba sola en casa, puesto que él había de llegar a ser un gran jefe y por tanto no podría casarse con ella.

-¿Por qué no? –preguntó la esposa, que se había acomodado junto al sillón del anciano. Él la miró con gesto de desaprobación por hacer preguntas tontas, y gruñó: -Vivían en el mismo poblado. 

-No era ésa la razón –les informé–. Polonio era un extranjero que vivía en el poblado porque ayudaba al jefe, no porque fuera su pariente. 

-Entonces, ¿por qué no podía Hamlet casarse con ella? -Habría podido hacerlo –expliqué– pero Polonio no creía que realmente lo fuera a hacer. Después de todo, 

Hamlet había de casarse con la hija de un gran jefe, puesto que era un hombre muy importante y en su país cada hombre sólo puede tener una esposa. Polonio tenía miedo de que si Hamlet hacía el amor a su hija, ya nadie diera un alto precio por ella. 

-Puede que eso sea cierto –remarcó uno de los ancianos más sagaces– pero el hijo de un jefe daría al padre de su amante regalos y protección más que sobrados como para compensar la diferencia. A mí Polonio me parece un in-sensato. 

-Mucha gente piensa que lo era –asentí-. A todo esto, Polonio envió a su hijo Laertes al lejano París, a aprender las cosas de ese país, porque allí estaba el poblado de un jefe realmente muy grande. Como Polonio tenía miedo de que Laertes se gastara el dinero en cerveza, mujeres y juego, o se metiera en peleas, mandó secretamente a París a uno de sus sirvientes para que espiara lo que hacía. Un día Hamlet abordó a Ofelia, la hija de Polonio, comportándose de manera tan extraña que la asustó. En realidad –yo buscaba azoradamente palabras para expresar la dudosa naturaleza de la locura de Hamlet– el jefe y muchos otros habían notado también que cuando Hamlet hablaba podía entender las palabras, pero no su sentido. Mucha gente pensó que se había vuelto loco –repentinamente mi audiencia parecía mucho más atenta. EL gran jefe quería saber qué era lo que le ocurría a Hamlet, así que mandó a buscar a dos de sus compañeros de edad –amigos del colegio hubiera sido largo de explicar– para que hablaran con Hamlet y averiguaran lo que le tenía preocupado. Hamlet, al ver que habían sido pagados por el jefe para traicionarle, no les contó nada. No obstante, Polonio insistía en que Hamlet se había vuelto loco porque le habían impedido ver a Ofelia, a quien amaba. 

-¿Por qué –preguntó una voz perpleja– querría nadie embrujar a Hamlet por esa razón? 

-¿Embrujarle? 

-Sí, sólo la brujería puede volver loco a alguien. A menos, claro está, que uno haya visto a los seres que se ocultan en el bosque. 

Dejé de ser contadora de historias, saqué mi cuaderno de notas y pedí que me explicaran más sobre esas dos causas de locura. Aun cuando ellos hablaban y yo tomaba notas, traté de calcular el efecto de este nuevo factor sobre la trama. Hamlet no había sido expuesto a los seres que se ocultaban en el bosque. Sólo sus parientes por línea masculina podrían haberlo embrujado. Dejando fuera parientes no mencionados por Shakespeare, tenía que ser Claudio quien estaba intentando hacerle daño. Y, por su-puesto, él era. 

De momento me protegí de las preguntas diciendo que el gran jefe también se negaba a creer que Hamlet estuviera loco debido simplemente al amor de Ofelia. -Él estaba se-guro de que algo mucho más importante estaba afligiendo el corazón de Hamlet. 

-Los compañeros de edad de Hamlet –continué– habían traído con ellos a un famoso contador de historias. Hamlet decidió hacer que aquel narrador contara al jefe y a todo el poblado la historia de un hombre que había envenenado a su hermano porque deseaba a la esposa de éste, y porque además quería convertirse él mismo en jefe. Hamlet estaba seguro de que el gran jefe no podría escuchar la historia sin dar algún signo de ser realmente culpable, y de este modo podría descubrir si su difunto padre le había dicho la verdad o no. 

El anciano interrumpió, con profundo ingenio: -¿Por qué habría un padre de engañar a su hijo? 

-Hamlet no estaba seguro de que fuera realmente su padre muerto –respondí evasivamente. Era imposible, en esa lengua, decir nada sobre visiones inspiradas por el demonio. 

-Quieres decir –exclamó– que en realidad era un presagio, y que él sabía que a veces los brujos envían falsos presagios. Hamlet fue tonto por no acudir antes que nada a alguien versado en leer presagios y adivinar la verdad. Un hombre-que-ve-la-verdad podría haber tenido miedo de decirla. Yo creo que es por esa razón por la que un amigo del padre de Hamlet –anciano y brujo– envió un presagio, para que así el hijo de su amigo lo supiera. ¿Era cierto el presagio? 

-Sí –dije, dejando de lado fantasmas y demonios; tendría por fuerza que ser un presagio enviado por un brujo-. Era cierto, por lo que cuando el contador de historias estaba contando su cuento ante todo el poblado, el gran jefe se levantó descompuesto. Por miedo a que Hamlet supiera su secreto, planeó matarlo. 

El escenario de la siguiente secuencia presentaba algunos problemas de traducción. Comencé con prudencia: “El gran jefe pidió a la madre de Hamlet que le sonsacara lo que sabía. Mas, previendo que para una madre su hijo está siempre por encima de todo, hizo esconder al anciano

Polonio tras unas telas que colgaban junto a la pared de la choza de dormir de la madre de Hamlet. Hamlet comenzó a increpar a su madre por lo que había hecho.” 

Hubo un asombrado murmullo por parte de todos. Un hombre nunca debe reprender a su madre. 

-Ella gritó asustada, y Polonio se movió tras la tela. Hamlet exclamó: “¡Una rata!” Y tomando su machete dio un tajo que la atravesó –aquí hice una pausa para darle efecto dramático. ¡Había matado a Polonio! 

Los ancianos se miraron unos a otros con supremo disgusto. -¡Ese Polonio era realmente un necio y un ignorante! Hasta un niño se le habría ocurrido decir: “¡Soy yo!” –con repentino dolor, recordé que estas gentes son ar-dientes cazadores, siempre armados de arco, flechas y machete; al primer movimiento entre la maleza hay ya una flecha lista apuntando, y el cazador grita “¡Va!”. Si no con-testa voz humana inmediatamente, la flecha sigue su ca-mino. Como cualquier buen cazador, Hamlet había gritado: “¡Una rata!” 

Me lancé a salvar la reputación de Polonio. -Polonio habló. Hamlet le había oído. Pero pensó que era el jefe, y quiso matarlo para vengar a su padre. Ya había querido hacerlo antes, esa misma tarde... –interrumpí la narración, incapaz de explicar a esta gente pagana, que no cree en la supervivencia individual tras la muerte, la diferencia entre bien morir rezando y morir “sin comunión, sin preparación, sin sacramentos”. 

Esta vez había impactado en serio a mi audiencia. “Que un hombre levante su mano contra el que, siendo hermano de su padre, se ha convertido en padre para él es algo terrible. Los ancianos deberían dejar que sea embrujado un hombre semejante.” 

Mordisqueando perpleja mi pedazo de nuez de cola, señalé que, después de todo, era quien había matado al padre de Hamlet. 

-No –sentenció el anciano, hablando menos para mí que para los jóvenes allí sentados entre los mayores. Si el hermano de tu padre ha matado a tu padre, debes recurrir a los compañeros de edad de tu padre; son ellos quienes pueden vengarlo. Nadie puede usar la violencia contra sus parientes de más edad –le sobrevino otra idea. Pero si el hermano del padre hubiera sido realmente tan infame como para embrujar a Hamlet y volverlo loco, entonces la historia es realmente buena, porque entonces él mismo sería el causante de que Hamlet, estando loco, no conservara razón alguna y estuviera dispuesto a matar al hermano de su padre. 

Hubo un murmullo de aprobación. Hamlet volvía a parecerles una buena historia, pero a mí ya no se me antojaba la misma. Según pensaba en las complicaciones venideras de la trama y los temas, me iba desanimado. Decidí rozar sólo de pasada el terreno peligroso. 

-El gran jefe –continué– no sentía que Hamlet hubiera matado a Polonio. Eso le daba una razón para enviarle lejos, acompañado por sus dos infieles compañeros, con cartas para un jefe de un lejano país que decían que debía ser asesinado. Pero Hamlet cambió lo que estaba escrito en las cartas, de forma que en su lugar mataron a éstos. –Encontré una mirada llena de reproche por parte de uno de los hombres a quienes yo había dicho que una falsificación indetectable de la escritura no sólo era inmoral, sino que estaba más allá de la habilidad humana. Miré hacia otro lado. 

-Antes de que Hamlet pudiera regresar, Laertes volvió para el funeral de su padre. El gran jefe le contó que Hamlet había matado a Polonio. Laertes juró matar a Hamlet por esto, y porque su hermana Ofelia, al saber que su padre había sido muerto por el hombre a quien amaba, se volvió loca y se ahogó en el río. 

-¿Ya te has olvidado de lo que te hemos dicho? –me echó en cara el anciano. No se puede tomar venganza de un loco; Hamlet mató a Polonio en su locura. Y en cuanto a la chica, no es que simplemente se volviera loca, sino que se ahogó. Sólo la brujería puede hacer que la gente se ahogue. El agua por sí misma no hace ningún daño, es sencillamente algo que se bebe o en donde uno se baña. 

Empecé a enfadarme. -Si no te gusta la historia, no sigo. 

El anciano hizo unos ruidos apaciguadores y me sirvió personalmente algo más de cerveza. -Tú cuentas bien la historia, y te estamos escuchando. Pero está claro que los ancianos de tu país nunca te han explicado lo que real-mente significa. ¡No, no me interrumpas! Te creemos cuando dices que vuestra forma de matrimonio y vuestras costumbres son diferentes, o vuestros vestidos y armas. Pero la gente es similar en todas partes. Allí donde sea siempre hay brujos, y somos nosotros, los ancianos, quienes sabemos cómo funciona la brujería. Te dijimos que era un gran jefe el que quería matar a Hamlet, y ahora tus propias palabras confirman que teníamos razón. ¿Qué parientes varones tenía Ofelia? 

-Solamente su padre y su hermano –Hamlet clara-mente se me había escapado de las manos. 

-Tiene que haber tenido más; esto es algo que también debes preguntar a tus mayores cuando vuelvas a tu país. 

Por lo que nos cuentas, y dado que Polonio estaba muerto, debe haber sido Laertes quién mató a Ofelia, aunque no veo la razón.

Ya habíamos vaciado uno de los cuencos de cerveza, y los hombres discutieron el tema con un interés rayano en lo ebrio. Finalmente uno de ellos me preguntó: -¿Qué dijo a su vuelta el criado de Polonio?

Retomé con dificultad a Reinaldo y su misión. -No creo que regresara antes de la muerte de Polonio.

-Escucha –dijo el más anciano de todos– y te diré cómo ocurrió y cómo sigue tu historia, y tú me puedes decir si estoy en lo correcto. Polonio sabía que su hijo se metería en problemas, y efectivamente así fue. Tenía mu-chas multas que pagar por sus peleas, y deudas de juego. Pero sólo había dos maneras de conseguir dinero rápida-mente. Una era casar a su hermana de inmediato, pero es difícil encontrar a un hombre que quiera casarse con una mujer deseada por el hijo de un jefe. Porque, si el heredero del jefe comete adulterio con tu mujer, ¿tú qué puedes hacerle? Sólo a un loco se le ocurriría plantear un pleito a alguien que puede ser quien te juzgue en el futuro. Por eso Laertes tuvo que seguir el segundo camino: matar por brujería a su hermana, ahogándola, para poder vender su cuerpo en secreto a los brujos.

Opuse una objeción. -Su cuerpo fue encontrado y en-terrado. De hecho, Laertes saltó a la fosa para ver a su her-mana por última vez. Por tanto, como ves, el cuerpo realmente estaba allí. Hamlet, que acababa de llegar, saltó también detrás de él.

-¿Qué os dije? –El más anciano se dirigió a los demás. No es que Laertes estuviera tratando precisamente bien al cuerpo de su hermana. Hamlet procuró estorbarle, porque al heredero del jefe, igual que a cualquier jefe, no le gusta que ningún otro hombre se enriquezca ni se haga pode-roso. Laertes se pondría furioso, porque había matado a su hermana sin sacar de ello ningún beneficio. En nuestro país, ese motivo hubiera bastado para que intentara ase-sinar a Hamlet. ¿Es eso lo que pasó?

-Más o menos –admití-. Cuando el gran jefe encontró que Hamlet aún vivía, animó a Laertes a que tratara de matarlo y se las apañó para que hubiera una pelea de machetes entre ellos. En la lucha ambos cayeron heridos de muerte. La madre de Hamlet bebió una cerveza envenenada que el jefe había dispuesto para Hamlet en el caso de que ganara la pelea. Cuando vio a su madre morir a causa del veneno, Hamlet, agonizando, consiguió matar al her-mano de su padre con su machete.

-¿Veis? ¡Tenía razón! –exclamó.

-Era una historia muy buena –añadió el anciano jefe– y la has contado con muy pocos errores. Sólo había un error más, justo al final. El veneno que bebió la madre de Hamlet obviamente estaba destinado al vencedor del combate, quienquiera que fuese. Si Laertes hubiera ganado, el gran jefe lo habría envenenado para que nadie supiera que él había tramado la muerte de Hamlet. Así, además, ya no ten-dría que temer la brujería de Laertes; hace falta un corazón muy fuerte para matar por brujería a la propia hermana.

Envolviéndose en su raída toga, el anciano concluyó: -Alguna vez has de contarnos más historias de tu país. No-sotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría.

Laura Bohannan

Tiempo y recursos: elixir de la psiquiatría

“La inversión tanto en investigación como a nivel asistencial está totalmente desproporcionada en función de su prevalencia y relevancia social”, señala el reconocido psiquiatra Eduard Vieta. El tiempo, la formación y la superación del estigma social son piezas fundamentales en el puzzle de la salud mental. ¿A qué retos nos enfrentamos?

Los problemas de salud mental son los que van a “aumentar más en los próximos años; se calcula que en 2020 serán la primera causa de discapacidad mundial”, señala en una entrevista con EFEsalud el psiquiatra Eduard Vieta, Jefe de Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona, destacado especialista sobre todo por sus trabajos en el campo de la depresión y el trastorno bipolar.
Hay enfermedades en la que, pese a tener tratamiento, no se está siendo operativo, falla la prevención, explica este experto, que menciona las llamadas “enfermedades de la modernidad: obesidad, hipertensión, depresión”, y añade que los estilos de vida las favorecen.
Se ha avanzado, pero queda mucho por hacer, evalúa. El tiempo, los recursos y el estigma social son las piezas clave en el escenario de la salud mental.

Del psiquiátrico al trabajo en 50 años

Para el doctor Vieta, la investigación en psiquiatría ha avanzado muchísimo: “Hace 50 años el objetivo era sacar a la gente de los centros psiquiátricos, mientras que ahora el objetivo es que  la gente trabaje; es un cambio cualitativo espectacular”.
En este gran avance, el especialista explica que cada vez “se intenta soslayar más la limitación de que los diagnósticos se fundamenten sólo en la observación clínica, pues por muy experto que sea el psiquiatra tiene un elemento de subjetividad”.
En España los avances se vinculas al Cibersam -Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental-, donde confluyen los 25 mejores grupos de investigación de España y la institución que actualmente produce mayores avances científicos, con un papel líder en Europa.
“Lo que hace falta en España son recursos, ya que la situación es como tener un Ferrari que va por una carretera donde no se puede correr”, señala el experto en referencia a la investigación; y agrega: “los recortes han hecho que, con una capacidad enorme, vayamos a una velocidad que no es la idónea”.

Los puntos débiles de la psiquiatría en España

A la falta de recursos, Eduard Vieta suma otras  carencias: “Tenemos una red de profesionales bien formados, pero la prevalencia de los trastornos mentales es tan alta que el mayor peso de su atención recae en la atención primaria”, siendo necesaria una mayor formación y más tiempo.
Y añade: “Tenemos una atención muy fundamentada en la farmacoterapia, con una parte buena y otra mala, porque son eficaces pero no se usan de forma idónea. Hay pacientes recibiendo fármacos y no los necesitan; y hay pacientes que necesitarían fármacos y no los reciben”.
“No hay una adecuación de la prescripción farmacológica a la patología, y es porque el sistema está colapsado de patologías relativamente menores, pero muy prevalentes a las que el sistema no responde bien, ya que el recurso más inmediato es la prescripción”, indica.
“Para las patologías graves hay una política de que el medicamento puede ser malo; el estigma de la propia enfermedad se acaba asociando a la especialidad y a la medicación, y esto genera una actitud de miedo a los fármacos y al mismo tiempo de poca potenciación de otros recursos como la psicoterapia”.
Otra tarea pendiente es el estigma social: “Un problema muy grave en el que hemos avanzado pero en el que exigimos más”,  expone.
“A día de hoy los pacientes tratados tienen barreras para trabajar, no porque no estén bien, sino porque no pueden contar que tienen una enfermedad, cuando en realidad, yo que conozco a tantas personas con enfermedad, confiaría en muchísimas al 100%”, señala el doctor Vieta.

¿Más y mejores políticas sanitarias?

“Está muy claro que la inversión tanto en investigación como a nivel asistencial está totalmente desproporcionada a la baja respecto a su prevalencia y a su relevancia social”, resalta.
Algo preocupante teniendo en cuenta que son problemas muy discapacitantes por dos motivos. El primero “es que son personas que si no están bien tratadas no van a contribuir al progreso social, ni van a cotizar, y van a consumir recursos sociales”.
Y en segundo lugar,  “son personas muy jóvenes, con enfermedades que empiezan en la adolescencia o juventud, con un largo recorrido en el que tienen un potencial impresionante de mejora simplemente actuando a tiempo y quitandonos la venda de los ojos, una venda que nos hemos puesto nosotros mismos por no querer mirar la realidad”, subraya.
Para solucionarlo faltan recursos; “hay dos tipos de recursos y los dos son necesarios”, unos más asistenciales y sociales como el hecho de que la gente pueda acceder a un trabajo protegido; y otros destinados “a la prevención y la investigación, que también es prevención porque cuanto más se investigue más cosas se van a poder evitar a la larga”, analiza.

Agitación: otro reto más

Aunque existe cierto consenso, el concepto de agitación puede variar en función de la cultura o el país. Haciendo una aproximación, se trata de “un estado de inquietud física y mental”, describe el experto.
Se trata de algo que puede ocurrir “tanto en el entorno de enfermedades, como si no las hay”, y no se trata de “psiquiatrizar comportamientos que pueden ser normales”, sino abordar un posible problema de forma preventiva para evitar que no se llegue al punto de “romper cosas, dar golpes o darse golpes, donde el concepto popular de agitación coincide con el clínico”, pues en ese caso el problema es “ que se ha llegado tarde”.
Para evitarlo, “es necesario que se conozca mejor la situación”, además de las fases clínicas. En este sentido, el experto indica que ha habido “poca formación”, algo que se ve reforzado por el hecho de que “no es como una enfermedad”, sino “un cuadro que aparece en múltiples circunstancias clínicas y no clínicas”.
Las causas más comunes de la agitación son “la esquizifrenia, el trastorno bipolar y las adicciones: (alcohol, drogas, cocaína, fármacos)”.
Así, tomando como ejemplo la esquizofrenia se encuentran dos causas comunes de agitación: la primera es por “una descompensación de la propia enfermedad, en la que el paciente empieza otra vez a oír voces, pensar que la gente está en contra suya, etc.”.
La segunda causa es en aquella en la que “los pacientes están más o menos estables, tienen lo que llamamos síntomas residuales o negativos; pacientes que no están mal pero tampoco bien, personas que están en casa, fumando, levantándose tarde, viendo la tele, sin poder trabajar y que se agitan cuando tienen un contratiempo doméstico”, pues como “la enfermedad limita la capacidad de afrontar frustraciones”, las reacciones pueden ser desproporcionadas.
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